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Polonia en estado puro

¿Qué imágenes nos vienen a la cabeza cuando pensamos en Polonia? No dudo ni en un instante de que coincidiríamos en muchas de ellas: un país del Este donde beben mucha cerveza y, en los meses de invierno, probablemente mucho vodka; un país donde se habla un idioma impronunciable con incontables consonantes seguidas y sonidos que nuestra boca de hispanohablantes es imposible de articular y, para más inri, un país donde nadie parece hablar más que cuatro palabras mal pronunciadas en inglés; un país reino de inviernos eternos que alcanzan temperaturas a las que los españoles, tan acostumbrados al sol, a las terrazas y a los helados Calippo, no sobreviviríamos. Esta misma imagen se nos presentó a mí y a otros cuatro amigos durante nuestra estancia Erasmus en la ciudad alemana de Heidelberg. En marzo de 2015, aprovechando que los estudiantes alemanes (y nosotros, como parte de ellos) disfrutan de unas vacaciones que se conocen como Semesterferien (más de dos meses de vacaciones, desde comienzos de febrero hasta mediados de abril, que dividen los dos semestres universitarios: el semestre de invierno y el semestre de verano), y habiendo reservado algo de dinero, cinco estudiantes de Traducción (tres de ellos españoles, un italiano y un alemán) nos embarcamos en la aventura de viajar a Polonia. Nuestro destino: Cracovia, la ciudad de los libros y la literatura.

La primera incógnita del viaje fue decidir cómo llegar y las opciones no eran pocas. Sin embargo, primó más el tema dinero que la rapidez y la comodidad (punto clave en este viaje) que las alternativas como un vuelo o un tren nos ofrecían. Por ello, después de muchas dudas, reservamos cinco billetes en un autobús de Eurolines que partía de Heidelberg con destino Cracovia. Un viaje de 17 horas que abarcaba tanto la noche como el día. ¿Si mereció la pena? La pena habría sido no hacerlo.

El viaje comenzó en la estación de autobuses de Heidelberg, en la que un autobús lleno de polacos nos esperaba una tarde de marzo. Ni un solo alemán, ni un solo extranjero. Tampoco se escuchaba alemán ni otro idioma, solo polaco. La barrera lingüística nos acechaba. El conductor, efectivamente, cubría la línea de Eurolines entre Polonia y Alemania, pero no se defendía con el idioma, y al ver que nosotros tampoco con el suyo, decidió adjudicarnos los mejores sitios del autobús: los cinco asientos del fondo (nótese la ironía). Los asientos que ocupan los populares o los guays en las excursiones del instituto. El problema radicaba en que era un autobús mal construido y… ¡sorpresa! La última fila de asientos era más estrecha que el resto. Sorprendentemente, a pesar del precio que habíamos pagado por el billete, el autobús dejaba mucho que desear: no ofrecía ni aire acondicionado, ni Wifi, ni enchufes. Como buenos estudiantes, llenamos de provisiones nuestra área para poder afrontar un viaje tan eterno. Vi tres películas enteras (una de ellas la película en polaco en voice-over que ponían en la pantalla), mi amiga se comió medio kilo de yogur y, entre todos, diría que dormimos unas cinco horas. La gota que colmó el vaso fue llegar a las afueras de Gliwice, pues nuestro billete decía que teníamos que hacer un cambio de autobús y el conductor nos respondía con evasivas, lo cual provocó que por poco perdiéramos el autobús que nos llevaba a Cracovia. Allí, en medio de Polonia, a 100 km de nuestro destino, a las 6 de la mañana.

Finalmente llegamos a Cracovia y, guiados con un iPad, encontramos la Rynek Główny (Plaza del Mercado), donde sacamos nuestros primeros złote (złoty, en singular) e hicimos el check-in en nuestro apartamento para los próximos cinco días. Un apartamento en la misma Plaza del Mercado que nos costó 681 zł (158€ al cambio, es decir, ¡6,32€ la noche por persona!). Además, se suponía que íbamos a alojarnos en un apartamento más pequeño, pero al hacer el check-in nos dieron uno que era sorprendentemente grande y extraño, con decoraciones medievales por todos los lados. Old Town Apartments es mi recomendación: se trata de una cadena que dispone de varios apartamentos ubicados en diferentes sitios del Casco Antiguo.

En lugar de detallar paso a paso lo que hicimos durante nuestros cinco días, prefiero detallar una lista de 5 cosas relacionadas con Cracovia:

1.      Si tienes la oportunidad de irte de Erasmus a Cracovia, ¡vete ya!

Cracovia es una ciudad preciosa, llena de cultura, ambiente estudiantil y, por supuesto, fiesta. Hay muchísimos sitios que descubrir y en términos económicos, es una ciudad muy buena para vivir. Tiene todo lo que un estudiante Erasmus busca.

2.      Sí, es el paraíso de alcoholismo.

Pre-drinking para afrontar la noche polaca (Żubrówka incluido)

Además de variedades extraordinarias de alcohol, puedes encontrar alcohol a muy buen precio en cualquier sitio. Esto no significa que nos tiremos al vodka que cuesta 2€, sino que sepamos apreciar que un vodka que en Polonia cuesta el equivalente a 10€ va a ser un vodka muy bueno. Mi recomendación: Żubrówka, un vodka aromatizado con hierbas. Ha ganado varias medallas de oro y plata y ha sido galardonado con un International High Quality Trophy. Nosotros lo compramos en un supermercado normal y costaba 34 zł (7.5€ al cambio), por lo que no dudamos en llevarnos alguna botella de vuelta a Alemania. Además, beber en cualquier bar de fiesta es mucho más rentable que en España. Una copa combinada en un bar o discoteca del centro de la ciudad cuesta alrededor de 3 euros. Nosotros tuvimos la suerte de encontrar un bar espectacular que estaba casi vacío un viernes y pudimos disfrutar de la pista de baile para los cinco

3. La comida, mejor fuera de casa

Cena polaca

Nuestro debate continuo era decidir si comprar comida en el supermercado para cocinar en el apartamento o comer en restaurantes. Nuestra impresión fue que los supermercados eran caros en comparación al nivel de vida del país y, en principio, salía más rentable cenar fuera. Salimos a cenar un par de veces y la experiencia fue inigualable: nosotros encontramos un restaurante en el centro que nos sirvió sopa de primero y un plato de schabowy (pechuga de pollo empanada) con patatas por apenas 5 euros. Por la calle también hay innumerables puestos de zapiekanka (una baguete cubierta de jamón, queso y demás ingredientes) de 30 centímetros por apenas 3 euros. Desde luego, la comida sienta mejor cuando no te duele tanto pagarla.

4.   Hay que visitar Auschwitz

Sí o sí. Auschwitz ha sido lugar de crímenes terribles y los más susceptibles a emocionarse pueden pensar que lo van a pasar mal, y es que es cierto es un lugar que ha presenciado cosas horribles, pero también tiene mucha historia y es digno de verlo. Yo fui el encargado de organizar el viaje hasta Auschwitz: un autobús (http://lajkonikbus.pl/) que costaba 8€ ida y vuelta y la entrada a los campos con visita guiada en español y audioguía. Es imprescindible entrar en las cámaras de gas o ver los objetos personales de los presos, aunque también advierto que hay cosas muy espeluznantes, como objetos hechos por los nazis con los cabellos de los presos…

  5. Sin embargo, nada es gratis

Ni en Cracovia, ni en Roma, ni en Madrid. Todo cuesta dinero, aunque la cantidad sea ínfima. Nos inscribimos en dos Free Tours, pero a pesar de que los tours no tienen ningún coste porque la empresa que los organiza no paga a los guías, se trata de guías autónomos que son contratados por la empresa, cuyo sueldo lo obtienen de las propinas que generan al hacer estas visitas guiadas. Nosotros hicimos el tour general por el Casco Antiguo y por el barrio judío, ambos muy recomendables. Los guías siempre son amables y graciosos porque al final de la visita se sacan el sombrero y esperan que les des su recompensa, te ponen en una especie de compromiso. Lo cierto es que por una visita turística tan detallada dejar 5 euros no hace mal a nadie.

Otra experiencia que tuvimos relacionada con el dinero fue en el tranvía. Solíamos movernos por el centro y el Casco Antiguo, así que normalmente no precisábamos de transporte. Pero en una ocasión nos alejamos y para volver decidimos coger un tranvía, y, como no encontramos la máquina para sacar billete (y aunque la hubiéramos encontrado, no la íbamos a entender) nos subimos al tranvía sin billete. Resulta que la máquina estaba dentro del tranvía, pero decidimos no sacar billete porque solo viajábamos un par de paradas. Para nuestro asombro, el revisor ya estaba subido en el tranvía y se nos acercó, así que nosotros fingimos intentar sacar el billete en la máquina bajo su mirada acechante. Acabamos bajándonos del tranvía, no recuerdo si fue porque nos echó el revisor o porque decidimos no someternos a esa humillación. Lección aprendida: aunque el billete cueste un euro, ¡mejor pagarlo y ahórrate tener que enfrentarte a un controlador de billetes polaco!

El viaje de vuelta tampoco se quedó corto: Nico, nuestro compañero italiano, se olvidó su cartera en el autobús cuando nos bajamos en Heidelberg (aunque pudo recuperarla) y discutimos con el conductor del viaje de vuelta porque, una vez más, dieron prioridad a los polacos y nos asignaron los peores sitios a nosotros. Lo divertido de viajar con amigos es que no importa a dónde ni cómo vayas: lo importante es tu actitud y la gente que te acompaña. Cracovia fue un sitio que nos marcó a todos.  Y es que ya lo dijo Pat Conroy: «Una vez que has viajado, la travesía nunca termina, sino que es recreada una y otra vez a partir de vitrinas con recuerdos. La mente nunca puede desprenderse del viaje».

Río Vístula desde el Bulevar Czerwieński

Plaza del Mercado de Cracovia

Mikel Jato (20 años)

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