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Mi gran aventura

Hacía mi maleta y tenía miedo. Tenía curiosidad. Tenía ganas.
¿Qué iba a pasar al día siguiente? ¿Y durantela semana que estaba por venir? ¿Qué ibaa ser de mí durante aquel “largo” año?
Me iba de Erasmus.
El 27 de septiembre del 2012 estaba preparando mis maletas sin todavía asimilar que me iba a vivir diez meses a Padova, una ciudad en el norte de Italia que hasta poco antes no sabía ni que existiese. A veces pienso que el destino fue el culpable de que pudiese vivir esta preciosa  experiencia; del destino y de Gustavo, mi querido profesor de Algebra. En una de nuestras animadas charlas en el autobús, me convenció e incluí Italia en mi lista de destinos. Hoy todavía se lo agradezco con toda mi alma.
Antes de marchar, una nube de entusiasmo anulaba mi sentido común, que habitualmente me alertaría de que no conocía a nadie, de que no sabía italiano y de que en general, iba a  ciegas. Al final logré meter una pequeña parte de mi vida en aquellas problemáticas maletas,  y comenzó la aventura, mi GRAN aventura.
El principio fue difícil, muy difícil. No sé qué esperaba. Tocaba aclimatarse, saber cómo funcionaba todo, la universidad, los pagos, el idioma, la cultura, el transporte… Teníamos que convertirnos en habitantes de Padova, y sabía que por primera vez en mi vida, había salido de mi área de confort. Estaba sola ante el peligro.
Me resulta imposible intentar escribir sobre lo que sigue a partir de ahora. Fue una experiencia tan rica, profunda y llena de matices que cualquier intento de expresarlo sería  quedarse corto. Intentar explicar todo lo que viví con palabras no es más que simplificarlo para hacerlo entendible a todos, porque sencillamente no se puede entender a no ser que se  haya experimentado. Poco a poco fui conociendo la ciudad, encontrando mis rincones  preferidos, hasta que la sentí tan mía que no hay un día en el que no la eche de menos. Fui aprendiendo de la gente, de su cultura, verificando prejuicios que tenía sobre los italianos, y desmintiendo muchos otros. Descubrí gente fantástica que me regaló un pequeño trocito de su forma de ser y que no olvidaré nunca.
Personas encantadoras que me hicieron ser mejor persona, aprender de mí. Pero sobre todo, conocí a alguien muy especial, a esa persona que todo el mundo sueña con encontrar algún día. Él hizo que mi experiencia fuese aún mucho más perfecta, mucho más real. Gianfelice, mi compañero de viajes, de aventuras, mi compañero de vida. Casi cuatro años después sigue  robándome el corazón cada día, con su increíble sonrisa. Una sonrisa que cambiaría el mundo, que obligaría a todo el mundo a sonreir. Sin duda alguna, nuestra bonita historia fue el broche de oro de mi año en Italia.
Mucha gente se piensa que irse de Erasmus es irse a una fiesta de varios meses. Supongo que  depende de lo que vayas buscando, para algunos tal vez lo sea, pero en realidad es mucho más. Yo no salí todos los días de la semana. Tampoco me volví una máquina sexual, ni dejé de ir a clase. Y tuve que estudiar si, y mucho. No me pasé todo el día borracha. Y a pesar de todo, SÍ, fue la experiencia más grata y  enriquecedora de mi vida.
Durante esos 10 meses aprendí de mi misma más de lo que jamás podría haber imaginado. Crecí por dentro y me di cuenta de todo lo que me quedaba por crecer.
Parece que fue ayer cuando estaba llegando en avión a una ciudad totalmente desconocida  para mí. Y ahora estoy escribiendo esto tres años después de que todo terminase, lamentándome de que no durase más, y agradeciendo profundamente todo lo que viví en la ciudad que se convirtió en mi segunda casa.
En estos momentos siento un cosquilleo en el estómago, no sólo causado por la emoción de revivir todos los momentos que tengo en mi memoria. En breve volveré a hacer la maleta. El 16 de junio volveré a estar en Padova. Al fin y al cabo, uno siempre vuelve al sitio donde fue feliz.
Nerea Gutierrez (24 años)