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Senegal con once años

Kaixo! El objetivo de este relato es compartir con vosotros y vosotras el bonito e interesante viaje que hice con mi familia a Senegal en el año 2013, es verdad que han pasado unos años, pero aun lo recuerdo con mucha alegría. Un viaje que me hizo ver las cosas de otra manera y conocer nuevas personas y lugares preciosos (Dakar, Zinguinchor y Cap Skirring).

La verdad es que la iniciativa de hacer este viaje partió de una amiga, su marido era de allí y había montado un pequeño albergue, era la excusa perfecta para que al final mis padres se animaran y así fue como con once y nueve años, mi hermana y yo pisamos por primera vez el continente africano.

No fue muy complicado preparar el viaje,  un billete de avión desde Madrid a Dakar y un barco de Dakar a Zinguinchor, barco que no pudimos coger debido al retraso con el que llegó el avión, por ello tuvimos que alquilar dos coches, pero este viaje en coche desde Dakar hasta Cap Skirring me  sirvió para ver el país de norte a sur y sobre todo para vivir una experiencia emocionante, catorce horas en un coche súper viejo, sin aire acondicionado, ni cinto de seguridad ni ninguna comodidad, por carreteras donde lo mismo aparecían  niños que vendían fruta, agua o cacahuetes, que un rebaño de ovejas que un camión que había perdido la carga.

La estancia durante el viaje a Senegal ya la teníamos asegurada en el albergue, y si algún día teníamos que dormir en otra ciudad nuestra amiga sabía donde podíamos hospedarnos.

Del mismo modo tampoco tuvimos ningún problema al movernos por el país para conocer distintas ciudades o lugares turísticos que había por la zona, ya que nuestra compañera estaba muy bien informada.

De todas formas leímos algunos libros y algunas guías turísticas.

Sí que fue un poco más rollo todos estos temas de la salud. Tuvimos que vacunarnos unas cuantas veces, pero era necesario.

En el tema de los transportes, nada más llegar tuvimos algún que otro percance, como he dicho antes,  pero dejando aparte eso era bastante sencillo moverse por allí, ya que había bastantes taxis disponibles en los pueblos y ciudades.

Pudimos visitar la isla de Gorée, una isla desde la que antiguamente embarcan a los esclavos para llevarlos a América, pudimos ver el lugar donde los retenían hasta que los embarcan, los metían en unas celdas muy pequeñas y algunas tenían una pequeña ventana desde la que se veía el mar.  Era duro pensar en aquellos pobres hombres y mujeres que tenían que sobrevivir tras esas rejas en unas desagradables celdas mientras que esperaban a que un barco llegase hasta allí para transportarlos a diferentes países donde iban a ser vendidos como esclavos.

En esta foto aparece lo que se llama “La puerta del No retorno”.

También estuvimos en una pequeña escuelita que había en la isla. Era muy distinta a las escuelas de aquí, no tenían ni la mitad de material ni recursos que nosotras, pero en cambio era fascinante ver cómo los niños iban alegres a la escuela. Llegué a la conclusión de que con pocas cosas también se puede ser feliz, esas imágenes me hicieron reflexionar.

Uno de los días fuimos a ver un museo en Boucott, un pueblo de la Cassamance, en aquel museo nos explicaron la tradición Diola, una tribu de allí, y fue muy interesante. Me llamo mucho la atención el hecho de que el museo estuviese dentro un bosque, donde había unos baobabs gigantes.

Otro día tuvimos la oportunidad de pasar con una familia de allí casi un día entero. Era una familia muy grande, con muchos niños, con ellos compartimos comida y juegos. A la hora de comer nos separaron a los adultos y a los niños y comimos en el suelo todos del mismo plato. Y ¿sabéis que me llamó mucho, mucho la atención? Que en Senegal, primero dan de comer a los niños y niñas, luego a las mujeres y finalmente sirven a los hombres. Fue una experiencia muy, muy agradable, ya que todos nos trataron muy amablemente.

 

 

 

 

 

 

 

 

También pudimos visitar varias casas hechas de barro, y por suerte una de las señoras que vivía en una de estas casas nos explicó el proceso de construcción.

Otro de aquellos días decidimos coger una pequeña barca, y en ella recorrimos cuatro islas, Urong, Karabane, Elinkine y Egueye. Fue un recorrido muy interesante, y recomiendo que en caso de que viajéis allí, lo hagáis. En una de las islas estuvimos viendo un sitio donde secaban pescado, y olía realmente mal. Era bastante curioso, y vimos todo tipo de peces allí expuestos.

Me gustaría añadir también, que pasamos algún día en Dakar, la capital de Senegal. Era una ciudad bastante grande, llena de transportes y de personas, incluso de animales sueltos. Había bastante diferencia entre Dakar y los pueblos en los que habíamos estado. Dakar estaba lleno de edificios altos, pero al mismo tiempo  se veían casas  pequeñas de barro bastante destruidas y entre los escombros se veían cabras y ovejas.

Tras haber conocido lugares tan bonitos en aquel país, les recomiendo (sin ninguna duda) que visiten Senegal, es un lugar que merece la pena, os animo a viajar hasta allí.

Os dejo aquí unas fotos:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Askoa Uriarte (14 años)

Mozambique, la vida con la marea

Queríamos un viaje original, distinto. Y, por algún motivo, Mozambique parecía el destino perfecto. Un país que ha ido saliendo poco a poco de la devastación que produjo una larguísima guerra civil, pero que aún sigue siendo un gran desconocido. Casi 2500 km de norte a sur que presentan poca variación si uno mira al interior, pero donde el Índico y sus gentes toman mil formas a lo largo del camino.

Nosotros cruzamos en ferry desde Tanzania, a través de la frontera natural del río Ruvuma. Esta es quizá la parte más desconocida del país, y en la que aún se pueden encontrar guerreros Makonde con los dientes afilados cargando su arco y su carcaj. Nuestro primer objetivo era llegar a la punta de Pangane, una playa kilométrica que termina en un pueblo de pescadores construido con hojas de palmera. Tuvimos que andar los últimos 14 km desde Mucojo, ya que el único chapa (transporte colectivo) que comunica los dos lugares se había estropeado esa mañana. Pero el paseo mereció la pena.

Seguimos viajando por el país, siempre en chapa, que en el norte son casi invariablemente camiones de obra con la caja abierta en las que pueden llegar a amontonarse hasta 50 personas, con cabras, pescados, gallinas y bolsas de trigo, mandioca o harina. El transporte en Mozambique es relativamente caro, quizá porque la gasolina también lo es (en estas zonas, llega a los 2 euros por litro). No obstante, uno puede ahorrar en comida, que es baratísima si se come en la calle o en establecimientos locales, y en el alojamiento siempre que sea en pensiones o campings. Esta última opción es asequible si uno lleva tienda (o hamaca, como nosotros), aunque la calidad no sea a la que nos tiene acostumbrados Europa. A veces, los mozambiqueños pueden resultar agresivos a la hora de negociar precios con el turista, pero al final del día uno siente que ha merecido la pena llegar hasta allí. El turismo es aún escaso, pero empieza a asomar, y es muy posible que el modo de vida de las gentes de Cabo Delgado, la provincia más septentrional del país, cambie pronto para siempre.

Nuestro viaje continuó hacia la isla de Ibo, después de pasar una noche con una mujer local en el pequeño pueblo de Darumba, ya que había que esperar a que la marea kilométrica del Índico volviera a subir para echar los pequeños veleros al mar. Un trayecto de unos 20 km que tardamos 5 horas en hacer junto con los locales, porque elegimos el transporte de velero sin motor (y ese día no había mucho viento). Ruinas de otra época en la que Mozambique era una joya que se disputaban holandeses, portugueses y españoles, y donde el comercio indio hizo acto de presencia. Horas de paseos por las playas de manglar en la bajamar, viendo cómo las mujeres locales, con la cara pintada de arcilla, salían a recoger moluscos. Y, después, más horas desde el muelle observando cómo los hombres lanzaban las barcas de pesca al agua de la pleamar.

Esperando a la pleamar

Más de lo mismo, pero quizá más especial, pudimos vivir en Ilha de Moçambique. En esta isla colonial conectada al continente por un larguísimo puente vivimos durante 6 días con Cristina, una chica de Barcelona que ha establecido su hogar entre la comunidad Macúa, y que lleva un hostal y una escolinha para los más pequeños. Allí nos sentimos como en el paraíso, y pudimos comprar langosta fresca en el mercado por 50 céntimos (¡con la extraña sensación de que el pescador aún consideraba aquello una gran venta!).

Casas coloniales en Ilha

Y de allí, al sur. Un eterno viaje de 27 horas en machibombo (autobús regular) que nos trajo un mar inesperadamente bravo. En Xai-Xai, el manso Índico enseñaba por fin los dientes. Literalmente: la mujer de nuestro camping nos advirtió de que, además de remolinos, en aquella playa había tiburones. Nos fuimos acercando a la capital, sin poder evitar notar que tanto las ciudades como la gente recibían aquí mucha más influencia de la vecina Sudáfrica, y de un mundo más tecnológico y “desarrollado”. Atrás habían quedado las casas de barro y palma, y las vestimentas tradicionales de los Macúa y los Makonde.

Moliendo grano en Darumba

Un viaje distinto que, aunque por momentos puso a prueba nuestra paciencia, consiguió que dejáramos el país con una sonrisa y sintiendo que habíamos tenido la suerte de contemplarlo en un momento que no volverá.

Mariscadoras en Pangane

Jorge González (29 años)

Descubriendo Marruecos

El verano pasado, después de pasar unos días disfrutando de las fiestas de Gasteiz, cuatro amigas cogimos un avión con destino Tanger. Pasamos allí todo el día y nos fuimos a dormir a Assilah, un pueblo pesquero a pocos kilómetros de donde nos encontrábamos.

De allí nos fuimos a Chefchaouen, también conocido como la ciudad azul por el color de las fachadas de sus casas. Es una ciudad pequeña pero con muchísimo encanto.

Chefchaouen y sus casas azules

Con muchas ganas de seguir explorando este país nos dirigimos a Fez.

De un lugar a otro nos movíamos en transporte público, sobre todo en autobús que salen muy rentables, aunque alguna vez por falta de tiempo o de plazas tuvimos que coger taxis que aunque están un poco viejos funcionan muy bien y son baratos.

Foto de la medina de Fez con dos mezquitas al fondo

Rabat fue nuestra cuarta parada. Es la ciudad que menos nos ha gustado de todo Marruecos. Es el único sitio que no recomendaría, está muy poco cuidada y en comparación con otras ciudades, no ofrece tantas cosas que visitar.

Marrakech es uno de mis sitios favoritos de Marruecos, a veces llega a ser un poco cargante por la cantidad de gente que hay y por la insistencia de los comerciantes para que compres de todo. Es una ciudad que de noche se transforma, sobre todo su plaza principal conocida como Jemaa el-fna. Allí puedes encontrar espectáculos, un montón de sitios que ofrecen comida y todo tipo de artículos, monos, serpientes,… (Si quieres hacer fotos a los animales te pedirán dinero por ello)

Desde allí fuimos con una excursión al desierto que duró tres días. De camino íbamos haciendo distintas paradas, una de ellas en las Gargantas de Dades y Todra. Lugares naturales muy bonitos que muestras el Atlas en su mayor esplendor.

También nos detuvimos en Ouarzazate, pueblo conocido por haber sido escenario de muchas películas.

Tras unas cuantas horas de autobús, nos adentramos en el desierto de Merzouga, un lugar mágico. Fuimos en camello hasta unas Jaimas donde pasamos la noche. Con esta excursión terminó nuestro viaje.

Paseo en camello por el desierto del Sahara

Fue una experiencia increíble, Marruecos nos encantó.

Es un destino muy económico, puedes encontrar sin problemas albergues a 5 euros y de buena calidad.

Es un país con unos paisajes y unos contrastes que merecen la pena ser vistos de primera mano.

Tamara Barrio (22 años)

Una gasteiztarra en Senegal agosto 2014

Desde que vi en televisión “Callejeros Viajeros : Senegal” , supe cuál sería el destino de un posible viaje al extranjero.

Una vez coordinadas las vacaciones con mis dos compañeras de viaje empezamos como locas con la búsqueda de información en internet. Vacunas ? Documentación necesaria?  Desde dónde y cómo viajar?  Qué zona visitar? Cómo movernos? Dónde dormir? Qué comer?… gracias a varios blogs dimos con todo lo necesario y en un cerrar y abrir de ojos nos encontramos en territorio africano.

Nuestro viaje se centró en la zona Este del país, concretamente en Pais Bassari.

No fue un viaje cómodo ni fácil, era un viaje mochilero y eso lo teníamos claro desde el primer momento. Doce horas de coche para llegar desde Dakar hasta esa zona. Kilómetros y kilómetros de verde a ambos lados de la carretera hasta llegar al parque nacional Niokolo-Koba donde cambiamos la carretera por camino rojizo de tierra.

Madrugones, trekkings, altas temperaturas, lluvias, picaduras de mosquitos … era el panorama de nuestros doce días de viaje pero paisajes sorprendentes como la cascada de Dindefelo, campos algodón, el rio Gambia… y sobre todo la mirada inocente, la sonrisa sincera y el buen trato recibido por los locales hizo que todo mereciese la pena.

En las aldeas se desvivían por nosotras, porque nuestra estancia fuese todo lo cómoda posible. Concretamente en Afia pasamos tres noches inolvidables en las que compartimos horas de charla a la luz de la luna con varios vecinos y bailes tradicionales con niñas y niños. Bailes senegaleses al ritmo del timbal y algún que otro zortziko.

Hemos de dejar claro que a los vascos no se nos da mal movernos al ritmo de timbal.

Afia tenía un encanto especial, estábamos en un campamento a escasos metros del rio, era de ensueño levantarse y acercarse al rio para ver a las mujeres haciendo la colada, en la misma aldea dedicamos toda una tarde de juegos con los más pequeños y al anochecer un partido de futbol en un “patatal ” con los más jóvenes.

 Tarde de jueves en Afia

De nuestra experiencia en Senegal nos trajimos cientos de fotos, algún que otro recuerdo (pulseras, collares …) pero sobre todo un sinfín de anécdotas imposibles de resumir en un  breve relato de viaje, como ejemplo la noche que teníamos un lagarto de aproximadamente 10cm en nuestra habitación y nos costó carros y carretas echarlo de la cabaña, era de risa  vernos chanclas, palo y linterna en mano a las tantas de la madrugada.

Aldea Angiel

Senegal es su gente, naturaleza, color, sabor, música … es el corazón de África.

Iosune Zulueta (29 años)

El viaje que cambió mi vida

El 1 de abril del 2013 comenzó la aventura de un viaje que jamás olvidaré. Mi destino era Maua-Meru (Kenia).

Allí me esperaba  Enrique, misionero desde hace más de 20 años.

El viaje fue duro. Vitoria-Madrid-Doha-Nairobi-Meru. Fueron más o menos 26 horas. Recuerdo su olor cuando bajé del avión, era un aroma diferente, a flora silvestre, a especias… Esa primera impresión me agradó.

Ahora sí que sí comenzaba la aventura… Me monté en el 4X4 de Enrique. Fueron 4 horas de camino, 4 horas deseando llegar, ver a los niños de la escuela y conocer al resto de personas que vivían allí. Mientras, me recliné y disfruté del viaje, del olor de aquel país, del paisaje…

¡Por fin llegamos a Maua! Nada más llegar había un montón de gente ayudándome con las maletas, ofreciéndome fruta, agua, leche… Qué amables son y cuánto tenemos que aprender de ellos. Desde el primer momento me sentí querida y protegida.

En Maua vivíamos en un colegio, este estaba dividido por zonas;

  • La zona de las clases y de los dormitorios de los niños.
  • Un patio
  • La zona donde vivían los profesores
  • Administración
  • Donde dormían los misioneros, aquí lo hacía yo también
  • Taller de madera
  • Huerto pequeño

Los niños hacían su vida allí, excepto un día a la semana que podían salir a dar una vuelta fuera del colegio. Las edades iban desde los 3 hasta los 16 años. Las comidas las hacían por turnos y ellos mismos eran los encargados de lavarse la ropa, hacer las habitaciones, limpiar las clases y los patios. Cuando los vi me enamoré de todos, qué besos y qué abrazos, todos me querían tocar. Mi blancura les sorprendía y el pelo liso les volvía locos!

Nos pasábamos las tardes hablando, jugando, bailando y riéndonos. Algunos de ellos aprendieron a bailar sevillanas!

Una tarde les di los globos, me había llevado en la maleta dos bolsas llenas con globos de todos los colores y tamaños, cuando vieron aquello… Sus caras se iluminaron. Pasó igual cuando les di los cepillos de dientes (a todas  horas se lavan los dientes) y mercromina. Todos querían hacerse heridas para ponerse un poquito de ese ungüento y una tirita!

Allí son felices, algunos solo tienen un par de zapatos y una camiseta medio rota, no tienen móviles última generación, tampoco ordenadores, ni miles de muñecos, pero son felices.

El primer día no entendía porque se reían tanto, pensé que se estaban contando chistes o alguna historia graciosa. Los siguientes días me di cuenta que no se estaban contando nada especial, allí viven así, con una sonrisa permanente, no eran amables conmigo, allí son amables todos con todos, se ayudan mutuamente. Aquí vamos por la calle como si viviéramos en un enfado constante, con prisas, sin reírnos, centrando nuestras energías en nuestro ego. Cuánto tenemos que aprender…

Los preparativos para realizar esta magnífica aventura fueron:

  • VACUNAS
    • Hepatitis A – Fiebre Tifoidea
    • Fiebre Amarilla – Meningococo
  • PRECAUCIONES
    • Repelente para los mosquitos
      • Piel
      • Ropa
    • Mosquitera
    • Pastillas de la Malaria
    • Pastillas potabilizadoras (Yo no las usé)
  • VISADO
    • Si podéis es mejor hacerlo con anticipación, aunque en el mismo país, a la llegada al aeropuerto también se puede.
  • COMIDA/BEBIDAS
    • La verdad no tomé excesivas precauciones, antes de mi viaje me recomendaron  que allí no bebiera leche de vaca, pero no pude resistirme a tomarme todas las mañanas mi vasito, no me ocurrió nada. Al igual pasaba con el agua… Yo personalmente comí y bebí todo lo que allí hacían sin sentir nada extraño, todo me sentaba bien.

 

Personalmente animo a todos a hacer un viaje así, es un viaje enriquecedor donde se aprenden esas cosas que no se encuentran en los libros, explorar un nuevo mundo, una nueva cultura y otra forma de vida. Son estas experiencias que a uno le cambian la vida…

Alexandra Mª Ruiz de Azúa (27 años)