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La fuerza de la India

Al menos una vez en la vida, todos deberíamos contribuir activamente a hacer de este mundo un lugar mejor. En mi caso, el primer paso lo di hace tres años cuando nuestra clase de Economía en el instituto decidió colaborar con la Fundación Vicente Ferrer, que actúa en la India, para recaudar fondos con el objetivo de construir un colegio y comprar bicicletas para las niñas de un pueblo remoto con difícil acceso a la escuela. Tal fue nuestro éxito que la Fundación decidió invitarnos a su campus en Anantapur, India, a pasar diez días y ver cómo sus proyectos actúan en una región árida, infértil y pobre.

El primer choque fue la llegada al aeropuerto de Bangalore a las 4 de la mañana: un calor húmedo nos sacudió, seguido de un estricto control de aduanas y de 3 horas por sinuosas carreteras a medio asfaltar en un Jeep a través del cual veíamos como gente mutilada yacía en las cunetas, o cómo los dueños de unas lúgubres casetas ofrecían chupitos de alcohol a los conductores. Algo así como nuestras áreas de servicio en las autopistas. Cuando llegamos al campus a las 7 de la mañana y nos dieron cama para dormir rompí a llorar. Demasiadas cosas nuevas, demasiado shock. Deseé que al despertarme todo fuera mejor.

Durante los siguientes días nuestro grupo sufrió un poco de todo lo que se podía sufrir: un virus que trajo gastroenteritis y se iba propagando en cada uno de nosotros (yo salí ileso, por suerte), visitas a centros de la Fundación donde mujeres con la poleo trabajaban, a un orfanato de niños con SIDA, a una plantación acuífera que proporcionaba agua potable a mucha gente, a la escuela de las niñas cuyas bicicletas habíamos financiado a través de la venta de calendarios solidarios, al colegio en construcción, un espectáculo de danzas indias ofrecido por niños ciegos…

Documental que recoge algunos momentos de nuestra visita

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De todo esto me llevo las sonrisas y la amabilidad de la gente, que, a pesar de que apenas tenían para seguir adelante, te ofrecían todo y más por haber hecho lo mínimo que podías haber hecho. Nos recibían con coronas de flores, sonrisas, bailes, y nos abrían las puertas de sus humildes casas. Con orgullo. Quizás no sea algo tan sorprendente. Quizás lo sorprendente sea nuestra cultura occidental que rechaza la bondad y la amabilidad y vive en un mundo frío y cordial, donde las emociones y las relaciones humanas apenas importan. Allí no tenían iPhones ni cámaras de fotos como las nuestras, valoradas en el sueldo de 10 meses de un trabajador indio. Pero tenían algo más importante: los corazones más grandes y abiertos que jamás he visto.

Y quizás por eso me haya emocionado tantas veces y me haya planteado si realmente somos la sociedad avanzada y moderna o si en realidad somos como máquinas incapaces de expresar nuestros sentimientos. Porque si uno procede con bondad y generosidad, no espera una recompensa, no vive sus gestos realizados como acto de heroicidad.

Mikel Jato (20 años)

Egunooooooooooooon Vietnam o la historia de unos ojitos

Día 1.

Dos días de sueño interrumpido, hasta que noto unos toquecitos en la pierna y entreabro el ojo. Hemos llegado y un precioso colegio azul se adelanta hacia mí superando todas las expectativas. Pero sin duda, solo me puedo fijar en unos ojitos achinados que brillan de curiosidad, vergüenza ¿y miedo? que me enamoran al instante. Hemos llegado. ¿A dónde?, te preguntarás si lo estás leyendo: A Tay Ninh, un pequeño pueblo del sur de Vietnam, a tres horas en autobús público desde Ho Chi Minh, la antigua Saigón. Después de quince horas de vuelo en tres aviones diferentes, de miles de baches, lluvia y unos olores penetrantes, ya estaba en el lugar con el que había soñado los últimos seis meses. A la organización, Juventudes Vietnamitas, que se coordina con el Instituto Nacional de la Juventud, el Gobierno vasco y el Ayuntamiento de Vitoria Gasteiz, ya empezaba a ponerle ojos y caras. Estaban allí con una especial comitiva de bienvenida. Decenas de niños con una sonrisa que te quitaba de golpe el cansancio. Empezamos.

 

Día 2. Clonk, clonk, clonk, cuarta tormenta a las cinco de la mañana, eficaz despertador, se mire por donde se mire. Llegó el día de conocer a esos ojitos que tanto me gustan, de buscarlos entre cientos de ellos. Me pego una buena ducha y me bebo un riquísimo café a la crema, aunque parezca imposible en un pueblo tan reducido. Y los pequeños van llegando en cientos de motos, y aún más. Cascos blancos rajados por los años y por la experiencia. Entro en la primera clase y los renacuajos de tres añitos empiezan el bombardeo de verduras de juguete, que aun siendo verduras, el plástico deja sus marcas… va a ser un largo día y lo noto después de cenar. Mi estómago no ha perdonado las sardinas fritas, …uff, toca descansar. Pero no es lo mismo hacerlo antes que después del primer contacto con unos seres excepcionales, unos críos que quizás no habían visto una piel tan blanca como la mía, o quizás nunca iban a poder salir de su país para visitar el nuestro. Ya dudo de que después de los años de dominación francesa, de ocupación china, y de la última guerra que libraron contra los yankees, a los que vencieron, incluso quieran salir de sus fronteras. No lo sé. Lo que si se es que te dan lo que tienen y te enseñan que con poco, muy poco, se puede ser feliz.

 

Día 3. Me despierto al ritmo de Bruno Mars y el buen rollo es palpable. Como también lo es el dolor de espalda diario por el duro suelo. Otras rutinas se han establecido por casualidad y no hay mejor rutina que unos ojitos a los que ya les pongo nombre, Chi. Ha venido a buscarme. Está detrás de una cortina. El dormitorio es el suelo de un aula, la privacidad apenas una cortina. Mi mesilla, una mochila. Me mira, se ríe, y me gesticula como una loca que quiere columpios. Para ella aquello es normal. Gooooood Moooooorning Vieeeeeeetnam, me acuerdo de la peli. Prefiero esta secuencia de paz.

La agarro de la manita y allá vamos las dos saltando y riendo, mientras ella me cuentas sus cosas de vietnamita, en vietnamita, y yo la miro como si de verdad la entendiese, asiento y le respondo en un vietnamita inventado perfecto. Se ríe y sigue hablando, jugamos y jugamos hasta que el calor se vuelve insoportable. Volvemos adentro. Me toca con los de cuatro… ¡¡¡¡¡¡refuerzos¡¡¡¡

Días 4, 5 y 6. A pesar de ser las vacaciones más ansiadas, estos tres días han sido de todo menos relajantes. Me ha costado encontrar tiempo para escribir, una mezcla entre cansancio y poca inspiración…pero volver a Tay Ninh, me carga las pilas a tope, y se me pasan todos los males. De estos tres días me he pasado en la cama uno y medio.

Tener que ir a Ho Chi Minh el viernes, aunque esté mal decirlo, me vino bien. Después de una hora esperando para que me devolvieran la tarjeta Visa, (el primer día un cajero me la tragó), fui a la casa de Tao, un voluntaria vietnamita que vive en una habitación con una ventana, una nevera, dos colchones en el suelo que comparte con su hermana y un baño comunitario. Es ingeniera de nuevas tecnologías. Ese es el mundo que con mucho esfuerzo están levantando. Y el que te ofrecen sin condicionarlo a nada. En fin. Es muy generosa.

Me lleva a comer a un restaurante como ella dice western, lo que se traduce en macarrones con tomate y cocacola, y lo mejor de todo… me lleva en moto. Vamos esquivando coches, personas, semáforos, autobuses, perros, niños, sillas… llego con los ojos como platos. Le pregunto si me dejará conducirla. Me dice que la policía la mataría. Pienso en que acabo de ver a siete personas, dos de ellas bebés sin casco en una Vespa. Me río, lo dejo pasar. En Saigón hay once millones de personas, y diez millones de motos. Pasan por las aceras, por los jardines, en dirección contraria, transportan muebles, frigoríficos, coronas de flores y todo lo que te puedas imaginas. Es una ciudad que avanza en moto, que cruzan auténticos ejércitos de motoristas y en la que te puedes encontrar en una esquina una Vespa histórica, de los años cincuenta, de color huevo…Alucinante.

Llegamos a mi hostal, donde la noche vale menos que un paquete de tabaco en Vitoria, y por primera vez en cuatro días, me quedo sola. Mi estómago ruge, pero la comida me sienta fatal. Me tumbo. Me duermo, y sueño, creo, pienso en el abismo que separa los dos mundos que conozco. No sé, quizás.

Abro los ojos y ya es sábado. Guay. Vuelvo a estar rodeada de gente, todos desconocidos que se amontonan en las seis camas restantes de la habitación. Necesito salir de aquí, así que cojo todas mis cosas y salgo a explorar esta caótica ciudad. Entro a un par de tiendas y en una me encuentro con un estadounidense y un canadiense muy majos, y me voy a tomar unas cervezas con ellos. Me cuentan que trabajan haciendo documentales en todo el mundo y que viven en Hong Kong y que están en Vietnam porque van a hacer uno sobre el tráfico de heroína con el café. La camarera es un amor y acabamos todos bailando y bebiendo hasta que empieza a jarrear otra vez. Hora de irse a dormir. Mañana me queda un largo viaje de vuelta a Tay Ninh. Se me ocurre que la lluvia es como la gran transformadora, la que limpia la polución de las ciudades, y la que hace que el viaje de vuelta sea un poco más verde, si eso es posible.

 

Día 8 y 9. No voy a decir rutina, prefiero decir que las buenas costumbres establecidas la semana pasada continúan, eso sí, mis ojitos cada vez tienen más confianza y cuando yo abro el ojo ya tengo a la pequeña Chi y a su inseparable amiga, como nosotros las llamamos smiley y bolita, encima, con su incansable energía como bandera. Me levanto del suelo, mi cama, con las legañas a cuestas y vamos a cumplir con los ejercicios que hacen cada mañana. Desayunamos y a clase, a jugar… más. Llevo casi una semana y media sin poder comer, salvo café y un poco de arroz. Así que después de la sesión de juegos, tanto las ojitos como yo acabamos trituradas. Ellas se van a comer, también nosotras y luego la bien merecida siesta. Menos mal que tengo a mi eterna enfermera Tao, que me hace un masaje celestial. Yo no sé ni cómo agradecérselo, y ella me mira y con toda la normalidad del mundo me dice: you are my friend, and friends take care of their friends. Y eso algo tan obvio y sencillo, que los amigos cuiden de sus amigos, que muchas veces se nos olvida y me quedo sin palabras. Le doy un abrazo eterno.

Me quedo dormida pensando en eso y me despierto al día siguiente con una sonrisa. Me dicen que no me despertaron para la cena porque parecía muy cansada. Lo agradezco. Las trece horas de sueño me vienen de maravilla y aquí están otra vez estas dos sonrisitas que me han robado el corazón. El octavo día es una réplica del anterior y el noveno del octavo hasta que llega el día diez y nos vamos de excursión al mercado local. La mezcla de olores y colores me embaucan y me quedo atontada mirando como una señora de unos setenta años limpia el pescado con un cuchillo más grande que mi brazo y a una velocidad de vértigo, sin ni siquiera mirar, mientras se ríe con la carnicera del puesto de al lado que está depilando una pata de cerdo. No tienen un euro, nadie del lugar, pero no he escuchado nada más que risas desde que estoy aquí, me encanta Vietnam. Llegamos al colegio otra vez y hoy toca hacer caretas para la gran fiesta del viernes. Llevamos 80, nos faltan 275. Necesito siete brazos más.

Después de 200 metros de cuerda están todas acabadas. Los ojitos van a estar taaaan contentos y yo estoy taaaan cansada que hasta escribir me cuesta, necesito dormir. Gabon Vietnam.

Andere Gorospe (18 años)

Irán o la eterna sonrisa

Para cualquiera que siga las noticias, Irán es un destino que, cuanto menos, intimida. Sin embargo, después de recorrer el país durante un mes, nosotros diríamos que es quizá el país ideal para mochileros. En particular, y aunque pueda parecer raro, Irán es una opción perfecta para aquellos que se lanzan a dar el primer paso fuera de Europa. Se trata de un país desarrollado, que debido a los bloqueos económicos se ha quedado estancado en algunos aspectos, pero que ofrece muchísimas comodidades. Las carreteras son numerosas y están bien asfaltadas, el transporte es barato y abundante, y la gente es abrumadoramente hospitalaria.

De picnic con un camionero

Sin embargo, lo que hace a Irán tan apropiado para mochileros es su cultura “de calle”: cada población, por pequeña que sea, tiene un parque (normalmente verde y muy cuidado) con agua potable, baños públicos y permiso (gratuito) para acampar con vigilancia incluida. Los propios iraníes acampan a menudo en los parques, donde se desarrolla su actividad favorita: el picnic. Este pueblo es, sin duda alguna, el que más ha desarrollado el arte de la comida campestre. Cualquier familia iraní que se precie lleva, siempre listos en su coche, la alfombra y el camping gas, una tetera, un termo, unos cojines y toda clase de comida dulce y salada para acompañar al chai (té). Estos picnics suceden tanto en los parques como en medio de los sitios más inesperados. Eso sí: nunca muy alejados de la carretera, porque el coche es imprescindible para cargar semejante despliegue.

Nosotros llegamos a Teherán con escala en Turquía, y desde allí empezamos una ruta que nos llevó por algunos de los sitios más típicos y por otros no tan conocidos. Nos movimos casi exclusivamente en auto-stop, algo que no estaba planeado pero que resultó irrechazable al ver lo fácil que era en aquel país. Además, de esta forma, aprendimos farsi (persa) relativamente rápido, ya que el inglés no está muy extendido, y eso nos permitió conocer más profundamente a sus gentes. Los camioneros, siempre alegres y dispuestos a llevarnos, se convirtieron en nuestros mejores amigos.

Plaza del Imam, Isfahan

Empezamos en Kashan, con su gran madrasa y su impresionante bazar. De ahí subimos a Abyaneh, un pueblo de las montañas en el que la mayoría de sus habitantes son octogenarios, y que ha permanecido aislado tanto tiempo que conserva un dialecto antiguo del farsi. Allí tuvimos nuestra primera experiencia en una casa de tés: sentados encima de la alfombra, sirviéndolo desde una labrada tetera dorada y acompañándolo con agua de rosas, dátiles y azúcar de azafrán, así como de su refinada gastronomía. Seguimos nuestro camino hacia Isfahan, la joya de la corona de Irán y probablemente el punto más turístico del país. La verdad es que no nos decepcionó, y pasamos horas en la Plaza del Imam contemplando las diferentes gentes y hablando con los estudiantes que se acercaban interesados para conocer nuestra cultura y poder practicar su inglés. Un desvío por los montes Zagros nos llevó a otro punto turístico, Persépolis, no sin antes pasar por esas zonas nada frecuentadas y tener que reunirnos con un profesor de inglés en la pequeña escuela de un pueblo de montaña, ya que el hombre que nos cogió haciendo auto-stop estaba preocupado por la manera en que viajábamos, y necesitaba un intérprete. Entendimos entonces que los iraníes subestiman la bondad de su propio pueblo: Irán es, con mucha diferencia, uno de los países más seguros que hemos visitado.

Octogenarios en Abyaneh

Al contemplar las ruinas de Persépolis y acampar en el pinar que se extiende a los pies de la colina, sentimos que era imposible que aquellas estatuas tuvieran más de 2500 años. El día anterior habíamos tenido una conversación inverosímil con un joven de Shiraz de antigüedad mental similar. Decía que para las mujeres llevar el chador (prenda que cubre todo menos el rostro) era un “hobby”, y que cuando un hombre tiene una “joya” es su deber conservarla en un lugar oscuro para que sólo él pueda verla. Las diferencias entre los iraníes más modernos y los más anticuados son una de las cosas que más nos llamaron la atención del país, y, como pudimos comprobar, tienen poco que ver con la edad.

En las montañas de Bavanat, en Kerman, vivimos una de las aventuras que más nos han marcado. Llegando a pie a una zona en la que, sabíamos, acampaban nómadas de tribus árabes, conocimos a una familia que nos pidió algo para curar heridas. Les dimos Betadine y les pedimos dejar nuestras mochilas allí para poder pasear tranquilos por el monte. A la vuelta, nos pidieron que nos quedáramos a dormir en su tienda. Mataron un cabrito (delicioso) que cenamos entre todos, y alrededor del fuego compartimos experiencias: ellos me vistieron con el traje de novia de su familia, y nosotros montamos nuestra pequeña tienda de campaña dentro de la suya, donde los patriarcas durmieron aquella noche muertos de la risa.

Mujer nomada en Bavanat

Tras una visita fugaz a los Kaluts, el punto más caliente de la tierra, volvimos hacia el noroeste: la roca de los asesinos en Alamut, el mar Caspio, aguas termales en Givi, y, por fin, el Kurdistán. En el remoto valle de Howraman, que hace frontera con Irak, un pueblo con personalidad y cultura propia nos recibió con el yogur y los kebabs más buenos que hemos probado nunca. De la tierra de los kurdos nos fuimos al norte, donde, en Tabriz, visitamos el último bazar y nos compramos una alfombra y mucha agua de rosas de recuerdo. Esos souvenirs, en realidad, eran innecesarios: nada podrá borrar de nuestra mente un viaje tan diferente y especial, ni una hospitalidad tan maravillosa.

Pueblo encaramado al monte, Howraman

Irati Lafragua (27 años)

Bali: no sólo lunas de miel

Mi viaje comenzó en el 2010, justo después de acabar la carrera y gracias a un proyecto de cooperación internacional pudimos ponernos rumbo a un país completamente desconocido al otro lado del planeta.

Nuestro trabajo allí consistía en ayudar a una ONG llamada KUPUKUPU en la que se atiende a niños y adultos con diferentes discapacidades físicas. La experiencia fue completamente enriquecedora. Durante nuestra estancia pudimos ver el choque de la ostentación occidental que veían Bali como destino ideal para el despilfarro, con la realidad pura de la isla en la que la gran mayoría de la población subsiste con lo que gana de la agricultura y la ganadería.

Pasados los años y con mucha ilusión por reencontrarnos con el país y su gente volví al que fue mi primer gran destino. Fue increíble el cambio que se había producido en tan solo unos años… de pronto el pilar fundamental de la economía era el turismo: coches nuevos, grandes carreteras, nuevos hoteles y mucho bussines…. Por suerte la gente sigue teniendo ese don tan maravilloso de hacerte sentir como en casa desde el primer momento que te ve. Las tradiciones allí están bien arraigadas y espero que nunca pierdan esa esencia que hace Bali un lugar tan especial.

En cuanto a las zonas de turismo… me quedo con todas! Es un verdadero paraíso pero quizá la zona Este (Amed y su entorno de pescadores) es la que está más por descubrir.

El norte (Kuta) esta plagado de surferos, en su mayoría australianos ya que tienen el país a tiro de piedra… aquí es donde se puede encontrar el Bali más occidentalizado y para mí el menos recomendable… pero si te gusta el surf es destino obligado.

Destacaría Ubud, en el centro, como ciudad de artesanos en los que puedes encontrar mil colores y puedes perderte por la ciudad durante horas.

En cuanto a playas cristalinas las Islas Gili se llevan la palma, son tres, la mayor es Gili Trawangan, si lo que buscas es fiesta es tu sitio, si quieres más tranquilidad prueba con cualquiera de las otras dos. En estas islas es buena idea comenzar con el submarinismo, hay bastantes agencias que te lo facilitan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Templos importantes y llamativos son Tirta Ganga, Tirta Empul, Goa Lawah, Ujung, Pura Besaki y Danau Bratan

Recomendaciones:

VACUNAS : HEPATITIS , MALARIA (DEPENDE ZONA), FIEBRE TIFOIDEA.

PERMISO DE CONDUCIR INTERNACIONAL (Alquilar una scooter para recorrer la isla es una gran idea y si quieres evitar una multa por 10 euros ten este carnet a mano)

SEGURIDAD: ASIA SE CARACTERIZA PORLA GRAN SEGURIDAD DE SUS PAÍSES, Y BALI NO ES PARA MENOS.

ALIMENTACIÓN: Los noodles y el arroz son la base de la alimentación, platos típicos: Mia Goreng, Nasi Goreng, Babi Kechap y lo que quieras experimentar…eso sí cuidado con el picante! Agua para consumo embotellada.

IDIOMA : Balines, pero se defienden muy bien con el inglés, la mayoría con un inglés básico sin demasiadas florituras, perfecto para los que lo tenemos un poco oxidado.

 Marta Martínez (25 años)

Japón es mucho más que sushi

Mi último viaje fue a Japón. Para algunos el país del sol naciente, para otros el país del sushi y para mí era simplemente el país más lejano en el que iba a estar.

La verdad es que los momentos previos al viaje no requirieron mucha preparación. Eran solamente diez días por lo que solamente necesitaba ropa abrigada (aviso a navegantes, en Febrero hace mucho frío), aparatos tecnológicos necesarios y desgraciadamente y como habitualmente hacemos, una mochila cargada de prejuicios sobre el país.

Japón, Japón, Japón… Lo que me esperaba era básicamente que se alimentaran solamente a base de sushi, le echaran esa especie de crema verde llamada Wasabi que pica bastante, hubiera mucho friki del videojuego y la tecnología y las calles estuvieran repletas de tribus urbanas.

Para mi sorpresa, mi visita a Tokio fue mucho más que eso. Resulta que no todo el mundo vestía de “lolitas” ni con camisetas de Pokemon o Doraemon.

Muchos aspectos me llamaron la atención…

Empecemos por uno de los más importantes, la comida. Vale, sí, es cierto que comen mucho sushi, pero no es lo único ni mucho menos. Por ejemplo, ¿Habéis oído hablar del “edamame”? Es una verdura, una especie de vaina que a simple vista no es muy apetecible. Lo comen casi a diario como si fueran pipas y solían sacarlo como entrante cuando estamos a la espera de que lleguen los platos principales. Una vez lo pruebas llama la atención lo sabroso que es a pesar de su pinta sosa.

 

Foto: Edamame, verdura típica Japonesa generalmente servida como entrante

Probablemente no tengáis la misma destreza con los palillos que los locales pero no dudéis que si preguntáis a algún Japonés cómo se utilizan os van a ayudar siempre con una sonrisa.

Sorprendentemente, otro aspecto que remarco como importante son los baños. Entres al baño que entres sea donde sea (incluso la tasca más cochambrosa de los suburbios) sentirás que estás en el futuro. Adiós a nuestras letrinas tercermundistas sin un botón y sin chorros a tu gusto. Sí, como lo oís. Convierten hasta un baño en algo muy complicado de utilizar, lleno de botones para activar y desactivar chorros, secadores e incluso música.

Sigo con las calles. Parece increíble que en una ciudad como Tokio con más de 14 millones de habitantes pueda ser tan silenciosa. Si aterrizáis por allí algún día os encontraréis calles tan limpias como silenciosas. Además, cada 10 metros podréis encontrar una máquina expendedora tan coloridas como estas:

Foto:Máquinas expendedoras que se encuentran en cualquier esquina de las calles de Tokio

Pero, ¿Qué hay de los Japoneses? La verdad es que mi estancia fue solamente de 10 días, por lo que no me dio tiempo a conocerles realmente, si lo justo para darme cuenta de que son muy muy introvertidos y muchos de ellos tienen problemas para socializarse de una manera natural .

Son tan extremadamente educados (que además de a penas rozarte con su mochila cuando el metro está a rebosar), siempre te responderán con palabras agradables. Su máxima es “Haz lo que quieras siempre y cuando no molestes a los demás”. Por suerte, en este viaje conseguimos sacar el lado más divertido de algunos de ellos:

Foto: Grupo de japoneses sacando su lado más divertido tras finalizar un taller sobre emprendimiento

Si algún día tenéis la oportunidad de viajar a este magnífico país no dudéis en visitar la gigantesca ciudad de Tokio. Tanto los lugares típicos como son: el gran paso de cebra de “Shibuya” donde al día cruzan millones de personas, la estatua del perro “Hachico» ó el gran templo de “Asakusa”. Además de visitar estos sitios tan típicos como imprescindibles, también os invito a quitaros vuestras gafas de turistas y perderos por las calles más auténticas visitando algún “Pachinco”, (lugares gigantescos de juegos recreativos), haceros fotos en un “puricura” ó simplemente callejear como un local más.

Si además tenéis tiempo de hacer turismo os recomiendo visitar “Kamakura”. Está en un pueblecito muy cercano a Tokio, de echo se puede llegar en una hora en metro y podréis ver un Budha gigante y muchísimas tiendas de objetos de segunda mano. “Typical Japaneesse”.

Eso sí, id preparados a que nadie os regale nada y con la cartera llena. La vida en Japón es muy cara. La mayor parte de mis gastos fueron destinados a comida (una media de 4000 yenes al día, al rededor de 30€) y en transporte público (340 yenes que son 2,5€ aproximadamente cada viaje en metro).

En conclusión, os animo a visitar este gran país, seguro que os sorprende. Y para los más precavidos, si tenéis tiempo de aprender las palabras básicas en Japonés para sobrevivir no dudéis en hacerlo, dominan el inglés en lugares contados, lo que hace que el país sea aún más auténtico.

 Arigato gozaimashita = Muchas gracias! 😉

 

Foto: Bandeja típica de diferentes piezas de maki, sushi y sashimi. Precio: 1200 Yens, 9€ aprox

Foto: Budha gigante de Kamakura, sitio turístico a una hora de Tokio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: estatua del perro “Hachico”, famoso por la historia contada en la película con su mismo nombre, “Hachico”, muy recomendable

 

 

Foto: “Pachinco”, nombre para referirse a los grandes edificios de juegos recreativos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: Tokio desde las alturas

Foto: Paso de cebra de Shibuya, centro de Tokio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nahia Cortázar (22 años)