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Den danske sommer (Uda daniarra)

Herrialde eskandinaviarren kulturak erakarrita, haien hizkuntzei eta ongizatearen gizarteari buruz gehiago jakiteko, buruan aspalditik nerabilen uda garaian Ragnar Lodbroken eta bestelako bikingoen sorterrira bidaiatxo bat egitea, neguko hotzak eta iluntasuna iritsi aurretik. Hala ere, nahiko ezaguna da iparraldekoen bizimodu garestia, hori dela eta beti gerorako uzten nuen, beste helmuga merkeagoen bila. Aurten, aldiz, aukera paregabea izan dut beka baten bitartez Danimarkan daniera hiru astebetez ikasteko munduko bazter guztietatik etorritako ikasle askorekin batera.

Ikastetxea Odensen zegoen, Fioniako uhartean. Hara iristeko Madriletik Kopenhagera hegazkina hartu, eta gero ordu eta erdiko bidaia egin nuen trenez. Bai, egia da garraiobide publikoak garestiak direla (40€ hiriburutik Odenseraino), baina beste aldetik tren guztiek doako wifia eskaintzen dute (oro har, interneta eskuratzea ez da oso zaila izaten Danimarkan) eta oso maiztasun handia dute. Odense Danimarkako hirugarren hiririk handiena da, baina hemengoekin konparatzen badugu hiri txiki bat izango litzateke. Dena den, badauka denon gusturako zerbait, eta maiatzetik irailera beti egoten dira musika kontzertuak bere parkeetan, eta baita zinema jaialdiak ere. Gainera, hiriguneko pubak ez dira Kopenhagekoak baino gutxiago. Danimarkako edozein hiritan bezala, ezinbestekoa da lekuko garagardoa probatzea! Eta ez ahaztu botilak supermerkatura itzultzea, diru tiketak ematen baitizkizute birziklatzeagatik.

Odenseko sinbolorik ezagunena ez da monumentu bat; aitzitik Hans Christian Andersen ipuin idazle ospetsua da, hiri hau baitu bere jaioterri. Idazlearen arrastoa nonahi ageri da. Erdiguneko semaforoek bere silueta eta guzti daukate oinezkoen argian!

Gure kanpusa hiriaren kanpoaldean zegoen, eta bertan goizeko bederatzietatik eguerdira arte izaten genituen klaseak. Irakasle batekin hizkuntza lantzen genuen, eta bestearekin Danimarkako kulturan eta historian sakontzen genuen, ingelesez. Danieraren alderik errazena gramatika da, ingelesaren antzekoa baita, baina ahoskera erotzeko modukoa da, ez daudelako inolako araurik idatzitakoa nola irakurri behar den jakiteko. Hala eta guztiz ere, kaletik edo supermerkatuan zerbait danieran galdetzean, bertakoek pazientzia handiz eta irribarre batekin erantzuten dizute, atzerritar batek bere hizkuntza ikastea benetan balioesten baitute.

Bazkalostean egunero tutoreek aisialdirako programatutako jardueraren bat geneukan (gehienetan klasean emandako edukiekin lotuta): Burdin Aroko herrixka bat bisitatzea, bizikletan ibiltzea, birziklapen-instalazioa ezagutzea, bertako kirolak eta jolasak etab. Horrez gain, astean behin gu geunden eskolan ikasten zuten daniarrekin biltzen ginen hitz egiteko eta klasean ikusitakoa praktikan jartzeko. Hitz gutxitan, aspertzeko denborarik ez! Asteburuak uharteko beste lekuetara txangoak egiteko aprobetxatzen genituen, Katermindako kostaldean dagoen bikingoen museo bitxi batera eta Egeskov Slot gaztelu ederrera bezala.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esperientzia honek, daniera pixka bat irakasteaz aparte, eremu pertsonalean ere asko aberastu nau, izan ere, 20 herrialde baino gehiagoko ikaskide eta lagunekin batera bizitzean, klaseko aurkezpenetarako elkarrekin lan egitean edota afalostean, gitarraren soinuaz, hamaika hizkuntzetako abestiak gozatzean (eta abestean!) gauza harrigarriez konturatu naiz, adibidez euskaldunek eta hungariarrek umore berdina daukagula edota serbiarrak Espainiako kanta eta telesailen zale amorratuak direla.

Ordoki amaigabeen herrialdeak badu zerbait miresgarria udako ilunabarrean, zeruak egunaren azken argiak mantendu nahi duelako antza baitu.

Danimarkara laster itzultzea espero dut, eta 2017an Aarhus Europako Kultur Hiriburua izango denez, aukera hona izan daiteke Jutland penintsulako bazterrak ezagutzeko! Bitartean, daniera hobetzen jarraitu behar!

Asier Calzada (22 urte)

Hamburgo, otro tipo de «hamburger»

La cerveza, las salchichas, la puntualidad…. son posiblemente cosas que se nos vienen a la cabeza cuando pensamos en los alemanes o en su cultura. Sin embargo, cuando vas allí, ves que muchas de las cosas que pensabas sobre ellos no son ciertas. El relato de mi viaje es a la ciudad originaria de las hamburguesas. No, no es ninguna ciudad de EEUU; es Hamburgo (Alemania).

Hamburgo

A la espera de ser visitada

El primer pensamiento que se me vino a la cabeza cuando me enteré que mi destino era Hamburgo fue “¡horror! ¡Qué grande es eso! ¿Qué voy a hacer yo allí?”. Otro miedo que yo tenía es que iba a realizar este viaje sola. No iba a tener ni siquiera un pequeño colchón sobre el que apoyarme en un momento en el que estuviera perdida o tuviera problemas con todo el papeleo necesario. Y en una ciudad tan grande con tanta gente, una cultura y un idioma diferentes, es muy fácil perderse.

Santa Claus a traves de 800 años de la historia de Alemania

Pero al contrario de lo que pensaba en un primer momento, he vuelto enamoradísima de esa ciudad. Lo tiene todo y, paseando por la ciudad, no tienes la sensación de agobiarte en un mar de rascacielos, edificios y personas. La verdad es que es una ciudad para todos los gustos: tiene parques (algunos incluso se convierten en pequeños bosques en medio de la ciudad), lagos (navegables con canoas, surf paddel…), playa, ríos y pequeños canales, puerto, túneles subterráneos, un barrio rojo, tranquilidad, ajetreo… ¡Elige a tus anchas! Y todo el mundo es muy amable y es fácil encontrar un colchón que te pueda ayudar en casi cualquier sitio.

Hamburgo, espérame que ahí voy

Tiempo para relajarte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antes de ir, estuve buscando información sobre la ciudad. Busqué cosas que ver, cosas que hacer, y llené hojas y hojas con cosas que quería hacer una vez haber llegado allí. Pero no es lo mismo leer información que plantarte luego en una ciudad como esa. Una vez aterrizada allí no llegué a hacer ni la mitad de cosas que me había propuesto. ¡Y no fue por falta de ganas!

Encontré muchos lugares que no se encontraban en las guías turísticas que merecen mucho más la pena. Y yo vivía al lado de una de ellas: un parque bastante grande con un planetario en medio, jardines preparados para hacer barbacoas, festivales musicales e incluso un pequeño lago que con las bajas temperaturas, acabó helándose y conseguimos andar sobre el agua una noche.

Planetarium

Un alto en el camino para descansar

 

 

 

 

 

 

 

 

Descubriendo lugares que pocos conocen

Lo malo de mi estancia es que fue en invierno. Y no por culpa del frío. Para una persona que está acostumbrada a vivir en Vitoria, la sensación térmica es muy similar. Lo que si me vino genial fue un par de gorros de lana, unos guantes y un pañuelo para la garganta. Eso es más que suficiente para pasar un invierno a -8ºC en Hamburgo. Lo malo de esta época es las escasas  horas diarias de luz natural. Para las 4:30 de la tarde ya es prácticamente de noche y en muchos sitios de la ciudad, las farolas brillan por su ausencia. Aun así es un lugar bastante seguro.

Pero esta época también tiene su encanto. Mágico es el “Weihnachtsmarkt” (mercado de navidad) que está abierto a partir de mediados de noviembre. Al ser una ciudad bastante grande, tiene unos cuantos en los que abunda el vino caliente con especias servido en tazas especiales tan típico de Alemania. El más bonito es el que está frente al ayuntamiento que, gracias a que anochece pronto, es muy bonito y común encontrárselo iluminado con pequeñas luces.

Entrada al 'Hamburger Weihnachtsmarkt' del Ayuntamiento

La vida en una ciudad tan grande no es muy difícil. Hay  todo tipo de comercios, locales y mercadillos de segunda mano y el transporte llega a todos los puntos de la ciudad y todo se encuentra al fin y al cabo cercano. Cuando tenía tiempo de sobra cogía un mapa, marcaba un punto en el que todavía no había estado y ¡allí que me iba! Es una ciudad de la que nunca te cansas porque siempre queda algo por ver.

Alzando el vuelo para visitar Hamburgo

Sandra Basabe (23 años)

Un año en Amsterdam

El año pasado decidí embarcarme en la aventura de estudiar un Máster en Ámsterdam. Terminé la carrera de Psicología y, como muchos de los estudiantes de Grado, me encontré con el dilema de empezar a buscar trabajo o seguir estudiando. Como la situación en España no es muy prometedora en el tema laboral, decidí decantarme por la segunda opción.

Desde pequeña siempre me ha encantado viajar, conocer nuevas personas y culturas, así como descubrir nuevos lugares y experiencias. Cuando estaba en la carrera cursé un año de Erasmus en Irlanda. La experiencia fue muy enriquecedora, ya que además de aprender mucho en la Universidad también aprendí muchas otras cosas que no hubiese aprendido sin salir de casa. Por esta razón y ya que ningún Máster en España me convenció, decidí buscar Masters por Europa.

Una vez tomada la decisión de estudiar en el extranjero, empecé a buscar diferentes opciones y encontré muy buenas recomendaciones sobre la educación en Holanda. Sé que vivir fuera de casa es muy caro y más en Holanda, pero las oportunidades para europeos son muy buenas en este país y las tasas universitarias son muy bajas. Así es como decidí mudarme a Ámsterdam.

Cuando la gente pregunta por qué decidí venir a Ámsterdam, siempre les digo que nunca busqué Holanda; simplemente el Máster vino primero y la ciudad fue algo secundario. Pero desde el primer día que pisé Ámsterdam me he ido enamorando poco a poco la ciudad. De cómo las diferentes culturas conviven en el mismo lugar y cómo las diferencias no significan nada, sino que son una característica más que hace de Ámsterdam un lugar especial.

Ámsterdam es una ciudad joven y llena de vida. Para ser una de las ciudades más conocidas del mundo es un lugar pequeñito, con encanto y acogedor. No tiene nada que ver con las grandes capitales como Madrid, Londres o París. Es una ciudad echa a mi medida. Después de haber vivido toda mi vida en Vitoria no se me ha hecho difícil acostumbrarme a Ámsterdam y además, adoro poder usar la bici como hago en Vitoria.

Esta experiencia me ha dado la oportunidad de conocer otras personas y, sobre todo, conocerme a mí misma. No ha sido simplemente irme a estudiar fuera. Ha sido todo lo que he aprendido en el proceso de vivir fuera. Ha cambiado mi manera de ver las cosas.

Sé que haber hecho este Máster en España no hubiese significado lo mismo, rodeada de las personas que conozco (y que tanto he echado de menos), de mi familia, mis calles y mi ciudad. No voy a negar que no he echado de menos todo lo conocido, pero a veces necesitas irte lejos para apreciar lo que tienes cerca. Sé que haber hecho el Máster aquí no me hubiese hecho crecer y madurar tanto como lo ha hecho Ámsterdam.

Recomiendo a todo el mundo que tenga la oportunidad de irse fuera a estudiar que lo haga. Sé que da miedo y no es fácil decidir dejarlo todo por un tiempo e irte fuera. Pero también sé que va a aportar muchos cambios y perspectivas diferentes. A veces es difícil. Es difícil cuando lo único que quieres es llorar y contarle tus problemas a alguien conocido, pero al final aprendes a confiar en las personas que tienes a tu alrededor, a disfrutar del momento presente y las, de tus nuevas amistades.

También es bonito cuando vuelves a casa y ves todas esas caras conocidas que tanto has echado de menos. Para mí ha habido momentos duros, en los que lo único que quería era coger un vuelo de vuelta a Vitoria. Pero también sé que ha sido la decisión correcta, no me arrepiento y considero que todo lo positivo que me ha aportado Ámsterdam supera los malos momentos.

Esti Royuela (23 años)

Polonia en estado puro

¿Qué imágenes nos vienen a la cabeza cuando pensamos en Polonia? No dudo ni en un instante de que coincidiríamos en muchas de ellas: un país del Este donde beben mucha cerveza y, en los meses de invierno, probablemente mucho vodka; un país donde se habla un idioma impronunciable con incontables consonantes seguidas y sonidos que nuestra boca de hispanohablantes es imposible de articular y, para más inri, un país donde nadie parece hablar más que cuatro palabras mal pronunciadas en inglés; un país reino de inviernos eternos que alcanzan temperaturas a las que los españoles, tan acostumbrados al sol, a las terrazas y a los helados Calippo, no sobreviviríamos. Esta misma imagen se nos presentó a mí y a otros cuatro amigos durante nuestra estancia Erasmus en la ciudad alemana de Heidelberg. En marzo de 2015, aprovechando que los estudiantes alemanes (y nosotros, como parte de ellos) disfrutan de unas vacaciones que se conocen como Semesterferien (más de dos meses de vacaciones, desde comienzos de febrero hasta mediados de abril, que dividen los dos semestres universitarios: el semestre de invierno y el semestre de verano), y habiendo reservado algo de dinero, cinco estudiantes de Traducción (tres de ellos españoles, un italiano y un alemán) nos embarcamos en la aventura de viajar a Polonia. Nuestro destino: Cracovia, la ciudad de los libros y la literatura.

La primera incógnita del viaje fue decidir cómo llegar y las opciones no eran pocas. Sin embargo, primó más el tema dinero que la rapidez y la comodidad (punto clave en este viaje) que las alternativas como un vuelo o un tren nos ofrecían. Por ello, después de muchas dudas, reservamos cinco billetes en un autobús de Eurolines que partía de Heidelberg con destino Cracovia. Un viaje de 17 horas que abarcaba tanto la noche como el día. ¿Si mereció la pena? La pena habría sido no hacerlo.

El viaje comenzó en la estación de autobuses de Heidelberg, en la que un autobús lleno de polacos nos esperaba una tarde de marzo. Ni un solo alemán, ni un solo extranjero. Tampoco se escuchaba alemán ni otro idioma, solo polaco. La barrera lingüística nos acechaba. El conductor, efectivamente, cubría la línea de Eurolines entre Polonia y Alemania, pero no se defendía con el idioma, y al ver que nosotros tampoco con el suyo, decidió adjudicarnos los mejores sitios del autobús: los cinco asientos del fondo (nótese la ironía). Los asientos que ocupan los populares o los guays en las excursiones del instituto. El problema radicaba en que era un autobús mal construido y… ¡sorpresa! La última fila de asientos era más estrecha que el resto. Sorprendentemente, a pesar del precio que habíamos pagado por el billete, el autobús dejaba mucho que desear: no ofrecía ni aire acondicionado, ni Wifi, ni enchufes. Como buenos estudiantes, llenamos de provisiones nuestra área para poder afrontar un viaje tan eterno. Vi tres películas enteras (una de ellas la película en polaco en voice-over que ponían en la pantalla), mi amiga se comió medio kilo de yogur y, entre todos, diría que dormimos unas cinco horas. La gota que colmó el vaso fue llegar a las afueras de Gliwice, pues nuestro billete decía que teníamos que hacer un cambio de autobús y el conductor nos respondía con evasivas, lo cual provocó que por poco perdiéramos el autobús que nos llevaba a Cracovia. Allí, en medio de Polonia, a 100 km de nuestro destino, a las 6 de la mañana.

Finalmente llegamos a Cracovia y, guiados con un iPad, encontramos la Rynek Główny (Plaza del Mercado), donde sacamos nuestros primeros złote (złoty, en singular) e hicimos el check-in en nuestro apartamento para los próximos cinco días. Un apartamento en la misma Plaza del Mercado que nos costó 681 zł (158€ al cambio, es decir, ¡6,32€ la noche por persona!). Además, se suponía que íbamos a alojarnos en un apartamento más pequeño, pero al hacer el check-in nos dieron uno que era sorprendentemente grande y extraño, con decoraciones medievales por todos los lados. Old Town Apartments es mi recomendación: se trata de una cadena que dispone de varios apartamentos ubicados en diferentes sitios del Casco Antiguo.

En lugar de detallar paso a paso lo que hicimos durante nuestros cinco días, prefiero detallar una lista de 5 cosas relacionadas con Cracovia:

1.      Si tienes la oportunidad de irte de Erasmus a Cracovia, ¡vete ya!

Cracovia es una ciudad preciosa, llena de cultura, ambiente estudiantil y, por supuesto, fiesta. Hay muchísimos sitios que descubrir y en términos económicos, es una ciudad muy buena para vivir. Tiene todo lo que un estudiante Erasmus busca.

2.      Sí, es el paraíso de alcoholismo.

Pre-drinking para afrontar la noche polaca (Żubrówka incluido)

Además de variedades extraordinarias de alcohol, puedes encontrar alcohol a muy buen precio en cualquier sitio. Esto no significa que nos tiremos al vodka que cuesta 2€, sino que sepamos apreciar que un vodka que en Polonia cuesta el equivalente a 10€ va a ser un vodka muy bueno. Mi recomendación: Żubrówka, un vodka aromatizado con hierbas. Ha ganado varias medallas de oro y plata y ha sido galardonado con un International High Quality Trophy. Nosotros lo compramos en un supermercado normal y costaba 34 zł (7.5€ al cambio), por lo que no dudamos en llevarnos alguna botella de vuelta a Alemania. Además, beber en cualquier bar de fiesta es mucho más rentable que en España. Una copa combinada en un bar o discoteca del centro de la ciudad cuesta alrededor de 3 euros. Nosotros tuvimos la suerte de encontrar un bar espectacular que estaba casi vacío un viernes y pudimos disfrutar de la pista de baile para los cinco

3. La comida, mejor fuera de casa

Cena polaca

Nuestro debate continuo era decidir si comprar comida en el supermercado para cocinar en el apartamento o comer en restaurantes. Nuestra impresión fue que los supermercados eran caros en comparación al nivel de vida del país y, en principio, salía más rentable cenar fuera. Salimos a cenar un par de veces y la experiencia fue inigualable: nosotros encontramos un restaurante en el centro que nos sirvió sopa de primero y un plato de schabowy (pechuga de pollo empanada) con patatas por apenas 5 euros. Por la calle también hay innumerables puestos de zapiekanka (una baguete cubierta de jamón, queso y demás ingredientes) de 30 centímetros por apenas 3 euros. Desde luego, la comida sienta mejor cuando no te duele tanto pagarla.

4.   Hay que visitar Auschwitz

Sí o sí. Auschwitz ha sido lugar de crímenes terribles y los más susceptibles a emocionarse pueden pensar que lo van a pasar mal, y es que es cierto es un lugar que ha presenciado cosas horribles, pero también tiene mucha historia y es digno de verlo. Yo fui el encargado de organizar el viaje hasta Auschwitz: un autobús (http://lajkonikbus.pl/) que costaba 8€ ida y vuelta y la entrada a los campos con visita guiada en español y audioguía. Es imprescindible entrar en las cámaras de gas o ver los objetos personales de los presos, aunque también advierto que hay cosas muy espeluznantes, como objetos hechos por los nazis con los cabellos de los presos…

  5. Sin embargo, nada es gratis

Ni en Cracovia, ni en Roma, ni en Madrid. Todo cuesta dinero, aunque la cantidad sea ínfima. Nos inscribimos en dos Free Tours, pero a pesar de que los tours no tienen ningún coste porque la empresa que los organiza no paga a los guías, se trata de guías autónomos que son contratados por la empresa, cuyo sueldo lo obtienen de las propinas que generan al hacer estas visitas guiadas. Nosotros hicimos el tour general por el Casco Antiguo y por el barrio judío, ambos muy recomendables. Los guías siempre son amables y graciosos porque al final de la visita se sacan el sombrero y esperan que les des su recompensa, te ponen en una especie de compromiso. Lo cierto es que por una visita turística tan detallada dejar 5 euros no hace mal a nadie.

Otra experiencia que tuvimos relacionada con el dinero fue en el tranvía. Solíamos movernos por el centro y el Casco Antiguo, así que normalmente no precisábamos de transporte. Pero en una ocasión nos alejamos y para volver decidimos coger un tranvía, y, como no encontramos la máquina para sacar billete (y aunque la hubiéramos encontrado, no la íbamos a entender) nos subimos al tranvía sin billete. Resulta que la máquina estaba dentro del tranvía, pero decidimos no sacar billete porque solo viajábamos un par de paradas. Para nuestro asombro, el revisor ya estaba subido en el tranvía y se nos acercó, así que nosotros fingimos intentar sacar el billete en la máquina bajo su mirada acechante. Acabamos bajándonos del tranvía, no recuerdo si fue porque nos echó el revisor o porque decidimos no someternos a esa humillación. Lección aprendida: aunque el billete cueste un euro, ¡mejor pagarlo y ahórrate tener que enfrentarte a un controlador de billetes polaco!

El viaje de vuelta tampoco se quedó corto: Nico, nuestro compañero italiano, se olvidó su cartera en el autobús cuando nos bajamos en Heidelberg (aunque pudo recuperarla) y discutimos con el conductor del viaje de vuelta porque, una vez más, dieron prioridad a los polacos y nos asignaron los peores sitios a nosotros. Lo divertido de viajar con amigos es que no importa a dónde ni cómo vayas: lo importante es tu actitud y la gente que te acompaña. Cracovia fue un sitio que nos marcó a todos.  Y es que ya lo dijo Pat Conroy: «Una vez que has viajado, la travesía nunca termina, sino que es recreada una y otra vez a partir de vitrinas con recuerdos. La mente nunca puede desprenderse del viaje».

Río Vístula desde el Bulevar Czerwieński

Plaza del Mercado de Cracovia

Mikel Jato (20 años)

Mi gran aventura

Hacía mi maleta y tenía miedo. Tenía curiosidad. Tenía ganas.
¿Qué iba a pasar al día siguiente? ¿Y durantela semana que estaba por venir? ¿Qué ibaa ser de mí durante aquel “largo” año?
Me iba de Erasmus.
El 27 de septiembre del 2012 estaba preparando mis maletas sin todavía asimilar que me iba a vivir diez meses a Padova, una ciudad en el norte de Italia que hasta poco antes no sabía ni que existiese. A veces pienso que el destino fue el culpable de que pudiese vivir esta preciosa  experiencia; del destino y de Gustavo, mi querido profesor de Algebra. En una de nuestras animadas charlas en el autobús, me convenció e incluí Italia en mi lista de destinos. Hoy todavía se lo agradezco con toda mi alma.
Antes de marchar, una nube de entusiasmo anulaba mi sentido común, que habitualmente me alertaría de que no conocía a nadie, de que no sabía italiano y de que en general, iba a  ciegas. Al final logré meter una pequeña parte de mi vida en aquellas problemáticas maletas,  y comenzó la aventura, mi GRAN aventura.
El principio fue difícil, muy difícil. No sé qué esperaba. Tocaba aclimatarse, saber cómo funcionaba todo, la universidad, los pagos, el idioma, la cultura, el transporte… Teníamos que convertirnos en habitantes de Padova, y sabía que por primera vez en mi vida, había salido de mi área de confort. Estaba sola ante el peligro.
Me resulta imposible intentar escribir sobre lo que sigue a partir de ahora. Fue una experiencia tan rica, profunda y llena de matices que cualquier intento de expresarlo sería  quedarse corto. Intentar explicar todo lo que viví con palabras no es más que simplificarlo para hacerlo entendible a todos, porque sencillamente no se puede entender a no ser que se  haya experimentado. Poco a poco fui conociendo la ciudad, encontrando mis rincones  preferidos, hasta que la sentí tan mía que no hay un día en el que no la eche de menos. Fui aprendiendo de la gente, de su cultura, verificando prejuicios que tenía sobre los italianos, y desmintiendo muchos otros. Descubrí gente fantástica que me regaló un pequeño trocito de su forma de ser y que no olvidaré nunca.
Personas encantadoras que me hicieron ser mejor persona, aprender de mí. Pero sobre todo, conocí a alguien muy especial, a esa persona que todo el mundo sueña con encontrar algún día. Él hizo que mi experiencia fuese aún mucho más perfecta, mucho más real. Gianfelice, mi compañero de viajes, de aventuras, mi compañero de vida. Casi cuatro años después sigue  robándome el corazón cada día, con su increíble sonrisa. Una sonrisa que cambiaría el mundo, que obligaría a todo el mundo a sonreir. Sin duda alguna, nuestra bonita historia fue el broche de oro de mi año en Italia.
Mucha gente se piensa que irse de Erasmus es irse a una fiesta de varios meses. Supongo que  depende de lo que vayas buscando, para algunos tal vez lo sea, pero en realidad es mucho más. Yo no salí todos los días de la semana. Tampoco me volví una máquina sexual, ni dejé de ir a clase. Y tuve que estudiar si, y mucho. No me pasé todo el día borracha. Y a pesar de todo, SÍ, fue la experiencia más grata y  enriquecedora de mi vida.
Durante esos 10 meses aprendí de mi misma más de lo que jamás podría haber imaginado. Crecí por dentro y me di cuenta de todo lo que me quedaba por crecer.
Parece que fue ayer cuando estaba llegando en avión a una ciudad totalmente desconocida  para mí. Y ahora estoy escribiendo esto tres años después de que todo terminase, lamentándome de que no durase más, y agradeciendo profundamente todo lo que viví en la ciudad que se convirtió en mi segunda casa.
En estos momentos siento un cosquilleo en el estómago, no sólo causado por la emoción de revivir todos los momentos que tengo en mi memoria. En breve volveré a hacer la maleta. El 16 de junio volveré a estar en Padova. Al fin y al cabo, uno siempre vuelve al sitio donde fue feliz.
Nerea Gutierrez (24 años)