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Viajando diferente: Workaway en Rumanía

Aunque muchas veces pase desapercibido, hay algo más allá de la Torre Eiffel o la Fontana di Trevi; hay una parte de Europa aún olvidada. Europa del Este todavía mantiene unos encantos que nada tienen que envidiar al resto de Europa. Por esta razón, mi novio y yo decidimos que este verano era hora de conocer esta zona.

Como siempre, no es que tuviésemos mucho dinero, por lo que tras buscar por Internet formas baratas de cumplir nuestro objetivo, dimos con la solución: Workaway. Workaway es una forma diferente de viajar en la que familias de todo el mundo te ofrecen alojamiento y comida a cambio de unas horas de ayuda en diversas tareas: cuidar niños, trabajar una granja, arreglar el jardín, hacer trabajos de bricolaje… ¡de todo! En nuestra opinión, esta es la mejor manera de conocer realmente un país, ya que puedes sumergirte en su cultura, practicar su lengua y tener contacto directo con su gente.

Una vez que decidimos que esta nueva experiencia era la que queríamos para nuestro verano, empezamos a mandar emails hasta que un hostel de Bucarest decidió darnos la oportunidad que buscábamos. Tras intercambiar un par de correos para asegurarnos bien de lo que querían y de cuánto trabajaríamos (cuatro horas al día y con días libres), compramos nuestros billetes de avión y ¡allá que nos fuimos para tres semanas!

Postales desde Bucarest

¿Cuál fue nuestra primera impresión de Bucarest? Una ciudad un poco caótica y algo sucia, donde reina la desigualdad debido a la crisis, pero excitante y bonita. Lo de caótica fue por el tráfico, ya que conducen como locos y el ámbar no existe, pero cuando te acostumbras te atreves a cruzar en rojo avenidas de seis carriles. Lo de sucia fue por las aceras llenas de charcos del agua del aire acondicionado, pero nada que no arreglase una ducha. Y lo de bonita… hay quien le llama “el pequeño París”, ¡y nosotros estamos totalmente de acuerdo! ¡Ah!, y además es barata, asique los viajeros con poco presupuesto no tenemos por qué preocuparnos: un viaje en metro por 50 cts., una cena típica rumana para dos no llega a 10 €, una pinta de cerveza por 1 €,…

Tuvimos mucha suerte con el hostel que nos hospedó. La manager era muy atenta (incluso nos llevaba algún pastel mientras trabajábamos) y había varios voluntarios más que nos hicieron sentir como en casa. El segundo día comenzó nuestro trabajo: servir cafés en la pequeña cafetería del hostel. ¡No habría forma mejor de conocer a otros viajeros o hacer planes con los voluntarios para ir de festival, probar comida típica o salir de fiesta!

A menudo se organizaban eventos. Por ejemplo, un día se hizo noche de productos típicos rumanos y allí estuvimos todos comiendo zacuscă y bebiendo pálinka. Además, cualquier noche es buena para salir en Bucarest, porque hay un ambiente increíble. La zona del centro es básicamente una discoteca al aire libre, plagada de terrazas y locales que te sirven tanto el desayuno, como la comida, la cena o la copa de las 4 de la mañana.

CreativeFest, un festival en Bucarest al que fuimos con algunos amigos.

Normalmente comíamos con los otros voluntarios y compartíamos tortilla de patata hecha por un holandés amante de España, guiso típico brasileño o lo que hubiese. Sin embargo, hubo algún plato típico que no pudimos irnos sin probar dos veces; como la ciorbă o sopa, la cual sirven dentro de un pan redondo vacío que funciona a modo de cuenco, o los mici. El postre por excelencia es el papanași. Una especie de rosquillas fritas rellenas de queso y generosamente cubiertas con mermelada de arándanos y azúcar glas. Como veis, una auténtica bomba… y de ahí la cara de sorpresa del camarero el día que decidimos merendar a las 7 de la tarde.

El papanași. Si estás a dieta, mejor aléjate.

 

 

 

 

 

Por las tardes nos dedicábamos a ver la ciudad. Si vais, es imprescindible que visitéis el parlamento, el segundo edificio más grande del mundo; y la Piața Unirii y sus alrededores; y que paseéis por el Parque Herăstrău y por el resto de parques de la ciudad, que tienen una vida increíble y están excelentemente cuidados.

Los días libres fuimos a otras ciudades de Rumanía. Los trenes son baratos y tienen buenas conexiones, aunque no vamos a decir que sean rápidos y modernos, porque mentiríamos. En ir a Timișoara a pasar unos días tardamos casi 9 horas en un tren abarrotado en el que hacía bastante frío, pero es el justo precio que hay que pagar (más los 13 € del billete) para poder visitar esta maravilla de ciudad. Además, siempre podremos contar la aventura y en el tren conocimos mucha gente e incluso hicimos de traductores para un señor al que le habían llegado al WhatsApp mensajes en español.  Otro fin de semana fuimos a Constanța, a orillas del mar Negro a disfrutar de unos días de playa y relax.

Cuando acabaron nuestras 3 semanas de Workaway, empezó nuestra ruta por Transilvania. Decidimos quedarnos en Brașov, una pequeña ciudad al pie del monte Tâmpa con aires de Hollywood pero en bonito. Os recomendaríamos muchos lugares que ver en Brașov, pero lo mejor es que simplemente callejeéis o hagáis uno de los tours gratuitos que salen cada día a las 18.00 desde la Piața Sfatului.

El colorido centro histórico de Timișoara

Sighișoara no se queda atrás tampoco en color…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vista de la Piața Presei Libere desde el lago del Parque Herăstrău.

Cuando acabaron nuestras 3 semanas de Workaway, empezó nuestra ruta por Transilvania. Decidimos quedarnos en Brașov, una pequeña ciudad al pie del monte Tâmpa con aires de Hollywood pero en bonito. Os recomendaríamos muchos lugares que ver en Brașov, pero lo mejor es que simplemente callejeéis o hagáis uno de los tours gratuitos que salen cada día a las 18.00 desde la Piața Sfatului.

Brașov desde las alturas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde allí, fuimos un día a Sighișoara (visita obligatoria) y otro día cogimos un autobús hasta el Castillo de Bran o de «Drácula», en el que supuestamente vivió Blad el Empalador, rey rumano que inspiró el personaje de esta novela. Es cierto que sí que os chuparán un poco la sangre por entrar, ya que es caro para lo masificado que está, pero con el carnet de la universidad hacen descuento (al igual que en la mayoría de los museos rumanos, y eso que ya son baratos).

Por último, si podéis alquilar un coche, conducid desde Brașov hasta una de las carreteras más bonitas del mundo, Transfăgărășan, que transcurre serpenteando entre las laderas de los Cárpatos.

Una vez  de vuelta en casa, solo podemos decir que no podíamos haber elegido mejor. Este tipo de viajes, más auténticos, te enganchan. Si tenéis ganas de aprender y actitud, siempre encontraréis algo que aportar, y no será nada en comparación con todo lo que recibiréis a cambio.

Sofía Serrano (21 años)

La fuerza de la India

Al menos una vez en la vida, todos deberíamos contribuir activamente a hacer de este mundo un lugar mejor. En mi caso, el primer paso lo di hace tres años cuando nuestra clase de Economía en el instituto decidió colaborar con la Fundación Vicente Ferrer, que actúa en la India, para recaudar fondos con el objetivo de construir un colegio y comprar bicicletas para las niñas de un pueblo remoto con difícil acceso a la escuela. Tal fue nuestro éxito que la Fundación decidió invitarnos a su campus en Anantapur, India, a pasar diez días y ver cómo sus proyectos actúan en una región árida, infértil y pobre.

El primer choque fue la llegada al aeropuerto de Bangalore a las 4 de la mañana: un calor húmedo nos sacudió, seguido de un estricto control de aduanas y de 3 horas por sinuosas carreteras a medio asfaltar en un Jeep a través del cual veíamos como gente mutilada yacía en las cunetas, o cómo los dueños de unas lúgubres casetas ofrecían chupitos de alcohol a los conductores. Algo así como nuestras áreas de servicio en las autopistas. Cuando llegamos al campus a las 7 de la mañana y nos dieron cama para dormir rompí a llorar. Demasiadas cosas nuevas, demasiado shock. Deseé que al despertarme todo fuera mejor.

Durante los siguientes días nuestro grupo sufrió un poco de todo lo que se podía sufrir: un virus que trajo gastroenteritis y se iba propagando en cada uno de nosotros (yo salí ileso, por suerte), visitas a centros de la Fundación donde mujeres con la poleo trabajaban, a un orfanato de niños con SIDA, a una plantación acuífera que proporcionaba agua potable a mucha gente, a la escuela de las niñas cuyas bicicletas habíamos financiado a través de la venta de calendarios solidarios, al colegio en construcción, un espectáculo de danzas indias ofrecido por niños ciegos…

Documental que recoge algunos momentos de nuestra visita

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De todo esto me llevo las sonrisas y la amabilidad de la gente, que, a pesar de que apenas tenían para seguir adelante, te ofrecían todo y más por haber hecho lo mínimo que podías haber hecho. Nos recibían con coronas de flores, sonrisas, bailes, y nos abrían las puertas de sus humildes casas. Con orgullo. Quizás no sea algo tan sorprendente. Quizás lo sorprendente sea nuestra cultura occidental que rechaza la bondad y la amabilidad y vive en un mundo frío y cordial, donde las emociones y las relaciones humanas apenas importan. Allí no tenían iPhones ni cámaras de fotos como las nuestras, valoradas en el sueldo de 10 meses de un trabajador indio. Pero tenían algo más importante: los corazones más grandes y abiertos que jamás he visto.

Y quizás por eso me haya emocionado tantas veces y me haya planteado si realmente somos la sociedad avanzada y moderna o si en realidad somos como máquinas incapaces de expresar nuestros sentimientos. Porque si uno procede con bondad y generosidad, no espera una recompensa, no vive sus gestos realizados como acto de heroicidad.

Mikel Jato (20 años)

Egunooooooooooooon Vietnam o la historia de unos ojitos

Día 1.

Dos días de sueño interrumpido, hasta que noto unos toquecitos en la pierna y entreabro el ojo. Hemos llegado y un precioso colegio azul se adelanta hacia mí superando todas las expectativas. Pero sin duda, solo me puedo fijar en unos ojitos achinados que brillan de curiosidad, vergüenza ¿y miedo? que me enamoran al instante. Hemos llegado. ¿A dónde?, te preguntarás si lo estás leyendo: A Tay Ninh, un pequeño pueblo del sur de Vietnam, a tres horas en autobús público desde Ho Chi Minh, la antigua Saigón. Después de quince horas de vuelo en tres aviones diferentes, de miles de baches, lluvia y unos olores penetrantes, ya estaba en el lugar con el que había soñado los últimos seis meses. A la organización, Juventudes Vietnamitas, que se coordina con el Instituto Nacional de la Juventud, el Gobierno vasco y el Ayuntamiento de Vitoria Gasteiz, ya empezaba a ponerle ojos y caras. Estaban allí con una especial comitiva de bienvenida. Decenas de niños con una sonrisa que te quitaba de golpe el cansancio. Empezamos.

 

Día 2. Clonk, clonk, clonk, cuarta tormenta a las cinco de la mañana, eficaz despertador, se mire por donde se mire. Llegó el día de conocer a esos ojitos que tanto me gustan, de buscarlos entre cientos de ellos. Me pego una buena ducha y me bebo un riquísimo café a la crema, aunque parezca imposible en un pueblo tan reducido. Y los pequeños van llegando en cientos de motos, y aún más. Cascos blancos rajados por los años y por la experiencia. Entro en la primera clase y los renacuajos de tres añitos empiezan el bombardeo de verduras de juguete, que aun siendo verduras, el plástico deja sus marcas… va a ser un largo día y lo noto después de cenar. Mi estómago no ha perdonado las sardinas fritas, …uff, toca descansar. Pero no es lo mismo hacerlo antes que después del primer contacto con unos seres excepcionales, unos críos que quizás no habían visto una piel tan blanca como la mía, o quizás nunca iban a poder salir de su país para visitar el nuestro. Ya dudo de que después de los años de dominación francesa, de ocupación china, y de la última guerra que libraron contra los yankees, a los que vencieron, incluso quieran salir de sus fronteras. No lo sé. Lo que si se es que te dan lo que tienen y te enseñan que con poco, muy poco, se puede ser feliz.

 

Día 3. Me despierto al ritmo de Bruno Mars y el buen rollo es palpable. Como también lo es el dolor de espalda diario por el duro suelo. Otras rutinas se han establecido por casualidad y no hay mejor rutina que unos ojitos a los que ya les pongo nombre, Chi. Ha venido a buscarme. Está detrás de una cortina. El dormitorio es el suelo de un aula, la privacidad apenas una cortina. Mi mesilla, una mochila. Me mira, se ríe, y me gesticula como una loca que quiere columpios. Para ella aquello es normal. Gooooood Moooooorning Vieeeeeeetnam, me acuerdo de la peli. Prefiero esta secuencia de paz.

La agarro de la manita y allá vamos las dos saltando y riendo, mientras ella me cuentas sus cosas de vietnamita, en vietnamita, y yo la miro como si de verdad la entendiese, asiento y le respondo en un vietnamita inventado perfecto. Se ríe y sigue hablando, jugamos y jugamos hasta que el calor se vuelve insoportable. Volvemos adentro. Me toca con los de cuatro… ¡¡¡¡¡¡refuerzos¡¡¡¡

Días 4, 5 y 6. A pesar de ser las vacaciones más ansiadas, estos tres días han sido de todo menos relajantes. Me ha costado encontrar tiempo para escribir, una mezcla entre cansancio y poca inspiración…pero volver a Tay Ninh, me carga las pilas a tope, y se me pasan todos los males. De estos tres días me he pasado en la cama uno y medio.

Tener que ir a Ho Chi Minh el viernes, aunque esté mal decirlo, me vino bien. Después de una hora esperando para que me devolvieran la tarjeta Visa, (el primer día un cajero me la tragó), fui a la casa de Tao, un voluntaria vietnamita que vive en una habitación con una ventana, una nevera, dos colchones en el suelo que comparte con su hermana y un baño comunitario. Es ingeniera de nuevas tecnologías. Ese es el mundo que con mucho esfuerzo están levantando. Y el que te ofrecen sin condicionarlo a nada. En fin. Es muy generosa.

Me lleva a comer a un restaurante como ella dice western, lo que se traduce en macarrones con tomate y cocacola, y lo mejor de todo… me lleva en moto. Vamos esquivando coches, personas, semáforos, autobuses, perros, niños, sillas… llego con los ojos como platos. Le pregunto si me dejará conducirla. Me dice que la policía la mataría. Pienso en que acabo de ver a siete personas, dos de ellas bebés sin casco en una Vespa. Me río, lo dejo pasar. En Saigón hay once millones de personas, y diez millones de motos. Pasan por las aceras, por los jardines, en dirección contraria, transportan muebles, frigoríficos, coronas de flores y todo lo que te puedas imaginas. Es una ciudad que avanza en moto, que cruzan auténticos ejércitos de motoristas y en la que te puedes encontrar en una esquina una Vespa histórica, de los años cincuenta, de color huevo…Alucinante.

Llegamos a mi hostal, donde la noche vale menos que un paquete de tabaco en Vitoria, y por primera vez en cuatro días, me quedo sola. Mi estómago ruge, pero la comida me sienta fatal. Me tumbo. Me duermo, y sueño, creo, pienso en el abismo que separa los dos mundos que conozco. No sé, quizás.

Abro los ojos y ya es sábado. Guay. Vuelvo a estar rodeada de gente, todos desconocidos que se amontonan en las seis camas restantes de la habitación. Necesito salir de aquí, así que cojo todas mis cosas y salgo a explorar esta caótica ciudad. Entro a un par de tiendas y en una me encuentro con un estadounidense y un canadiense muy majos, y me voy a tomar unas cervezas con ellos. Me cuentan que trabajan haciendo documentales en todo el mundo y que viven en Hong Kong y que están en Vietnam porque van a hacer uno sobre el tráfico de heroína con el café. La camarera es un amor y acabamos todos bailando y bebiendo hasta que empieza a jarrear otra vez. Hora de irse a dormir. Mañana me queda un largo viaje de vuelta a Tay Ninh. Se me ocurre que la lluvia es como la gran transformadora, la que limpia la polución de las ciudades, y la que hace que el viaje de vuelta sea un poco más verde, si eso es posible.

 

Día 8 y 9. No voy a decir rutina, prefiero decir que las buenas costumbres establecidas la semana pasada continúan, eso sí, mis ojitos cada vez tienen más confianza y cuando yo abro el ojo ya tengo a la pequeña Chi y a su inseparable amiga, como nosotros las llamamos smiley y bolita, encima, con su incansable energía como bandera. Me levanto del suelo, mi cama, con las legañas a cuestas y vamos a cumplir con los ejercicios que hacen cada mañana. Desayunamos y a clase, a jugar… más. Llevo casi una semana y media sin poder comer, salvo café y un poco de arroz. Así que después de la sesión de juegos, tanto las ojitos como yo acabamos trituradas. Ellas se van a comer, también nosotras y luego la bien merecida siesta. Menos mal que tengo a mi eterna enfermera Tao, que me hace un masaje celestial. Yo no sé ni cómo agradecérselo, y ella me mira y con toda la normalidad del mundo me dice: you are my friend, and friends take care of their friends. Y eso algo tan obvio y sencillo, que los amigos cuiden de sus amigos, que muchas veces se nos olvida y me quedo sin palabras. Le doy un abrazo eterno.

Me quedo dormida pensando en eso y me despierto al día siguiente con una sonrisa. Me dicen que no me despertaron para la cena porque parecía muy cansada. Lo agradezco. Las trece horas de sueño me vienen de maravilla y aquí están otra vez estas dos sonrisitas que me han robado el corazón. El octavo día es una réplica del anterior y el noveno del octavo hasta que llega el día diez y nos vamos de excursión al mercado local. La mezcla de olores y colores me embaucan y me quedo atontada mirando como una señora de unos setenta años limpia el pescado con un cuchillo más grande que mi brazo y a una velocidad de vértigo, sin ni siquiera mirar, mientras se ríe con la carnicera del puesto de al lado que está depilando una pata de cerdo. No tienen un euro, nadie del lugar, pero no he escuchado nada más que risas desde que estoy aquí, me encanta Vietnam. Llegamos al colegio otra vez y hoy toca hacer caretas para la gran fiesta del viernes. Llevamos 80, nos faltan 275. Necesito siete brazos más.

Después de 200 metros de cuerda están todas acabadas. Los ojitos van a estar taaaan contentos y yo estoy taaaan cansada que hasta escribir me cuesta, necesito dormir. Gabon Vietnam.

Andere Gorospe (18 años)

Un viaje a otra realidad

En el verano de 2014 tuve la oportunidad de viajar a Collique (Lima) Perú, gracias a la ONG Serso San Viator y la beca “Juventud Vasca Cooperante” otorgada por el Gobierno Vasco.

Resulta complicado explicar con datos y cifras mi conmovedora experiencia allí, por ello, elijo contar lo que viví a través de la mirada de un niño. Como nos enseña “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry, las personas adultas tienen dificultades para obtener la perspectiva de lo verdaderamente esencial en la vida. ¡Ojalá que el niño que una vez fuimos, sea capaz de despertar la mirada del adulto que hoy somos!

“Cierro mis ojos y dejo volar mi imaginación. Voy dejando atrás el lugar en el que habito para viajar a un lugar donde me invade una confortable sensación de seguridad, mi país de las maravillas. Mis preocupaciones ya no bombardean mis pensamientos y disfruto de esta fantástica sensación de bienestar. Sé que no podré quedarme este lugar por mucho tiempo, así que me regocijo en la paz y la calma que me rodea.

Mis palabras aquí no hablan en mi nombre; son sólo la voz de muchxs niñxs como yo que comparten historias y fantasías similares del país de las maravillas. Ese lugar que nos gusta visitar cuando soñamos despiertos.

Es posible que el lugar con el que soñamos no parezca especialmente particular y singular como el que probablemente se pueda uno imaginar, sin embargo, para nosotros, no existe mejor sitio en el mundo que éste.

Nuestro paraíso no está hecho de dulces casitas de chocolate o castillos de brillantes incrustaciones de piedras preciosas. De hecho, las construcciones son bastante simples y modestas. Si te atreves a mirar por una de las ventanas de cualquiera de las casas, seguramente no encontrarás nada que capte tu atención. A lo largo de tu vida te han enseñado a fijar tu atención en otras cosas. Cosa que parecen de vital importancia y esenciales para una felicidad eterna, pero que una vez que las posees, pierden toda su magia.

He odio hablar de personas que sufren esa enfermedad y que están condenadas a sentirse perdidas e infelices. Verdaderamente las compadezco. Me resulta complicado imaginar lo abrumador que tiene que resultar vivir rodeado de desbordante abundancia y, no obstante, sentir tanta soledad.

Una de las cosas más fascinantes de nuestro paraíso irreal, es poder mirar el agua cristalina que desciende con un dulce canto rio abajo. Siempre me resisto a dejar escapar esa gratificante
sensación de la corriente acariciando mis pies cuando los introduzco en el agua para refrescarme. Es duro volver a la realidad, a un lugar donde el agua está llena de diminutas bacterias que hacen enfermar nuestros estómagos.

Detesto los días en los que me siento débil y tengo una gran sensación de malestar. Esos días no logro concentrarme en la escuela, ayudar a mi mamá con los trabajos del hogar o cuidar de mis hermanxs más pequeñxs. Es entonces cuando intento refugiarme en mi país de las maravillas que, desafortunadamente, no existe más allá de mi imaginación. Allí, mi familia no vive en una casa frágil y húmeda en lo alto del cerro. Cada uno dispone de una confortable cama para dormir, por lo que no es necesario que nadie duerma en el suelo en un finísimo y más que desgastado colchón. Nadie tiene que renunciar a su derecho de asistir a la escuela para ir al mercado a vender para ayudar a económicamente a su familia.

En el país de mis sueños, lxs niñxs tienen derecho a jugar libremente en bonitos parques pudiendo compartir ratos de juego con sus familias. No hay razón para sentirse desprotegido.
Me pregunto si existe algún lugar en el mundo que se parezca a mi país de las maravillas que os describo. Supongo que tiene que ser delicioso cuando tu vida se asemeja prácticamente a este sueño. Una vida tan cerca de la perfección”.

Miriam Ondarre (24 años)

Bali: no sólo lunas de miel

Mi viaje comenzó en el 2010, justo después de acabar la carrera y gracias a un proyecto de cooperación internacional pudimos ponernos rumbo a un país completamente desconocido al otro lado del planeta.

Nuestro trabajo allí consistía en ayudar a una ONG llamada KUPUKUPU en la que se atiende a niños y adultos con diferentes discapacidades físicas. La experiencia fue completamente enriquecedora. Durante nuestra estancia pudimos ver el choque de la ostentación occidental que veían Bali como destino ideal para el despilfarro, con la realidad pura de la isla en la que la gran mayoría de la población subsiste con lo que gana de la agricultura y la ganadería.

Pasados los años y con mucha ilusión por reencontrarnos con el país y su gente volví al que fue mi primer gran destino. Fue increíble el cambio que se había producido en tan solo unos años… de pronto el pilar fundamental de la economía era el turismo: coches nuevos, grandes carreteras, nuevos hoteles y mucho bussines…. Por suerte la gente sigue teniendo ese don tan maravilloso de hacerte sentir como en casa desde el primer momento que te ve. Las tradiciones allí están bien arraigadas y espero que nunca pierdan esa esencia que hace Bali un lugar tan especial.

En cuanto a las zonas de turismo… me quedo con todas! Es un verdadero paraíso pero quizá la zona Este (Amed y su entorno de pescadores) es la que está más por descubrir.

El norte (Kuta) esta plagado de surferos, en su mayoría australianos ya que tienen el país a tiro de piedra… aquí es donde se puede encontrar el Bali más occidentalizado y para mí el menos recomendable… pero si te gusta el surf es destino obligado.

Destacaría Ubud, en el centro, como ciudad de artesanos en los que puedes encontrar mil colores y puedes perderte por la ciudad durante horas.

En cuanto a playas cristalinas las Islas Gili se llevan la palma, son tres, la mayor es Gili Trawangan, si lo que buscas es fiesta es tu sitio, si quieres más tranquilidad prueba con cualquiera de las otras dos. En estas islas es buena idea comenzar con el submarinismo, hay bastantes agencias que te lo facilitan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Templos importantes y llamativos son Tirta Ganga, Tirta Empul, Goa Lawah, Ujung, Pura Besaki y Danau Bratan

Recomendaciones:

VACUNAS : HEPATITIS , MALARIA (DEPENDE ZONA), FIEBRE TIFOIDEA.

PERMISO DE CONDUCIR INTERNACIONAL (Alquilar una scooter para recorrer la isla es una gran idea y si quieres evitar una multa por 10 euros ten este carnet a mano)

SEGURIDAD: ASIA SE CARACTERIZA PORLA GRAN SEGURIDAD DE SUS PAÍSES, Y BALI NO ES PARA MENOS.

ALIMENTACIÓN: Los noodles y el arroz son la base de la alimentación, platos típicos: Mia Goreng, Nasi Goreng, Babi Kechap y lo que quieras experimentar…eso sí cuidado con el picante! Agua para consumo embotellada.

IDIOMA : Balines, pero se defienden muy bien con el inglés, la mayoría con un inglés básico sin demasiadas florituras, perfecto para los que lo tenemos un poco oxidado.

 Marta Martínez (25 años)